Tu cara en el placer - Gema deliciosa

No sabría contar el comienzo de esta historia, ahora lo que recuerdo con
hiriente claridad son los detalles, aquello que nos dimos sin darnos cuenta.
Recuerdo la primera extrañeza de nuestros encuentros, cómo nos mirábamos
para reconocernos y que nuestras manos sabían antes que nosotros, sabían
más, de manera más precisa. Si nuestros labios aún titubeaban, tus dedos ya
habían redescubierto el camino de mi falda, y mis manos se paseaban por los
contornos de tu espalda como si nunca se hubieran ido de tu lado.
No sabría decir de qué hablábamos, porque hemos iniciado tantas
conversaciones, desordenadas en un revuelo de ropa que se abre, de besos que
se inician. Los labios qué precisos, qué exacta tu lengua en mi boca. Por
fin me tumbaba abandonándome a tu boca que sabía encontrar los labios que
empezaban a humedecerse entre mis piernas. Cada día antes, con estudiada
meticulosidad me rasuraba el pubis, recortaba todo el vello, echa un lío con
un espejo entre las piernas en posturas inversímiles, para dejar que mis
labios anchos rozaran sin más la tela mis tangas apretadas por los
pantalones más ajustados que pudiera llevar.
Te tenía arrodillado entre mis muslos, enredando tu lengua en los pliegues
del placer donde nadie había sabído arrancarme gemidos tan dulces. Lo
hurgabas todo con dedos, labios, lengua y yo empezaba a notar cómo se
mezcaba mi flujo y tu saliva, buscando siempre más arriba, más adentro. El
temblor que nace en un lugar de la espalda y lo vence todo, el orgasmo
primero, me venía siempre despacio, como para no pillarme por sorpresa y me
ponía a frotar mi clítoris contra ti. Nos decíamos entonces las primeras
palabras del placer, las que mezclaban prodigiosamente ternura y procacidad,
y en un momento me giraba y sobre ti contemplaba tu cuerpo desnudo por
primera vez, siempre por primera vez. Separados brevemente se encontraban
las palmas de las manos y yo deseaba frotar mi coño contra cada rincón de tu
piel.
Miraba por fin la hiniesta alegría de tu miembro, que parecía decirme,
cógeme a mi. Y como una reina a su cetro, acariaba hasta el glande tu polla
y era yo ahora la que empezaba el juego de besos, de lametones, de dedos que
hurgan entre tus genitales, sin olvidar el ojo de tu culo, y mietras me
mirabas hacer, no me privabas del placer intenso de ver cómo tu cara
cambiaba de expresión según mis movimientos y en un momento dado me ponía
sobre ti y dejaba que mis dobles labios anchos rojos, húmedos besaran ahora
la punta encarnada, y me mecía suavemente no para que te corrieras sino para
que disfrutaras de verme banboleándome sobre ti, moviendo las caderas con
avaricia, mientras mis pezones seguían el ritmo que se me antojaba y tú
deseabas atraparlos, exprimirlos. Querías más aunque era mejor parar a
tiempo, pero antes, no me preguntes qué, si una ola de humedad que me bajaba
en tu busca, o la mirada fija de tus ojos sedientos, si el rítmico meneo de
la pelvis, hacía que otro gemido me viniera, quedo, largo, y me dejaba ir
pero sin cerrar los ojos porque nunca quería perderme tu cara en el placer.
Entonces sí, caía a tu lado y deseaba que fueras tú el que mandara en mi
cuerpo. Musitábamos palabras que alimentaban mi deseo y mientras paseabas
tus dedos por dentro de mi, te pedía que me follaras. Y contigo dentro
íbamos probando postura tras postura, mientras una nalgada, un tirón de
pelo, unas manos que se aferraban con las uñas, o un mordico inesperado iban
marcando mis jadeos, ahora de lado, ahora de espalda sobre ti, hasta que me
ponías a cuatro patas y yo amontanaba las almohadas para prepararme mejor
ante tu embestida. Entrabas desde atrás mientras tus dedos exploraban mi
ano, palpaban mis tetas o se enredaban halando de mi pelo, de la melena de
que me dejaba crecer para ti. Y nunca como entonces me sentía tan hembra, y
giraba mi cuello para que vieras mi cara, para mirar la tuya, para oir mejor
como ibas gimiendo, hasta que te parabas para no correrte dentro de mi.
A horcajadas sobre mi cintura, como para no dejarme huir a mi, que era
prisionera de tu lujuria, con una mano frotabas mi clítoris y con la otra
agitabas la polla sobre mis pechos. Deseaba que me mojaras y que sacaras tus
dedos húmedos de mi cuerpo a la vez y cuando tu semen se esparcía sobre mi
piel, siempre con un dedo probaba su sabor y sabía que el veneno de tu deseo
no me dejaría ya.
Y así fue muchas veces, entre miradas, palabras, dedos o genitales conseguía
correrme y darte todo el placer del que era capaz. Hasta que un día no
encontré en tus ojos la vibrante ternura de tu deseo, no sentí en tus manos
la cálidad complicidad de siempre. Y miré a tu rostro y encontré simplemente
los de un espectador. Cuando acabamos te abracé y murmuré un te quiero en un
intento estéril por conmoverte aunque fuera por última vez. Pero ya no
conseguía que ni un breve mi amor escapara entre tus dientes, y supe que era
la última vez, mucho antes que tú.
Y dicen que recordar es la mejor manera de olvidar. y por eso te recuerdo
desde entonces, cada vez que han abrazado mi cuerpo, que he gemido de
placer, que he leido las expresiones del orgasmo en otros rostros. Y poco a
poco cada día, cada noche se me desdibuja la imagen de tu cara en el placer.

Gemma deliciosa