Pasiones prohibidas - Mujer anónima

CECILIA PIENSA...

Cecilia se preguntó por milésima vez por qué su marido insistía con sus caricias de enamorado púber.. ¿No habría algunos gramos de macho cabrío en su deseo sexual?

Cecilia odiaba las palabras dulzonas, los tibios besos de amor, y el cariño tranquilo y mesurado de Gustavo. Le hubiera gustado un hombre más violento, una dosis de brutalidad, alguna palabra que la sacudiera después de diez años de "mi vida, tesoro, te adoro".

Cuando Gustavo hubo respetuosamente eyaculado, Cecilia se volteó a buscar un cigarrillo, que era su único vicio al lado de él... Por lo menos, su único vicio confeso, porque en su intimidad, su fantasía la llevaba por caminos satisfactorios, pero prohibidos. También había pensado en compartirlo con Gustavo, confesarle su frustración y su necesidad, tal vez llegar a un acuerdo que incluyera a otros, a cualquiera que fuera, porque su insatisfacción le había estropeado el humor.

Esa mañana se encontró con el portero en el ascensor. Su mirada sucia y su tono de voz le causaron un tumulto hormonal.

-¿Cómo va esa belleza? -Le murmuró él, y Cecilia sintió un revoltijo en el lugar donde su marido no llegaba nunca... Esta vez se detuvo a mirarlo, vio su cuerpo grande, moreno y no demasiado pulcro, sus manos toscas, su presencia de macho en celo siempre dispuesto a "alguna actividad de las que no se realizan en la vereda", Cecilia pensó, o más bien visualizó cómo la atropellaba y la apretaba contra la puerta de su departamento. Cuando se abrió el ascensor, Cecilia estaba hirviendo en su propio caldo y decidida a cualquier cosa...

GUSTAVO PIENSA...

Gustavo se preguntó por milésima vez por qué estaba fingiendo algo que no había existido nunca...

Cecilia era una mujer magnífica, a la que quería muchísimo, pero ese tipo de sexo lo dejaba helado... Mientras cabalgaba sobre ella, su fantasía lo estaba llevando a otras praderas, a otras monturas, a otras formas de relación que sí lo satisfacían plenamente... Gracias a Dios o al diablo, cuando el acto se estaba haciendo tedioso y sin resolución, se imaginó al bruto del portero cometiendo un atropello contra su persona, en ese mismo momento...

Fantaseó que entraba a la habitación y al mismo tiempo que él hacía su deber marital (era un deber casi), lo penetraba brutalmente entre gritos y sorpresa. Gustavo pudo "honestamente" eyacular desenfrenadamente y tuvo que morderse la lengua para no murmurar exhausto "Te adoro Ignacio" en el momento sublime.

Sí, decididamente, Gustavo va a conversar largo y tendido con Cecilia...

II

A la semana siguiente Cecilia había decidido acceder al portero Ignacio en el clímax de un fuego interior que no podía apagar ni con Gustavo (por supuesto), ni sola ni echando mano a todo tipo de utensilios domésticos.

Como sabía sus horarios, una mañana espió su recorrida por los pisos, y se asomó cuando llegó al suyo.

-Buen día, Ignacio- le dijo asomada a medias al pasillo- tengo un problemita con una cañería... ¿Lo mirás, por favor? - Se sintió una puta regalada, algo nuevo y conmovedor. Y pensó "Efectivamente, tengo un problemita con una cañería..."

A los diez minutos, el portero sacudía como un ángel la campanilla de la puerta de Cecilia. Ella lo invitó con un café, y él, como sabio animal salvaje, olfateó la carne bien dispuesta. Luego de ese comienzo, sólo recordaría la mirada astuta y lasciva de Ignacio y su pericia desenfrenada. A continuación ya estaba apoyada de frente a la mesada de mármol, con su hermoso e intacto trasero expuesto a la incursión de un indio llegado a la Capital recientemente. Gustavo nunca había intentado usarla de montura, vaya a saber porqué, y Cecilia no había sido una esposa infiel... Era su primera vez en esa área restringida, y sin permiso, la violencia la convirtió en la cautiva que iba a ser domesticada. El dolor fue pronto dejado de lado por un Placer Feroz, que la hizo clamar por su Dios y el de los otros, mientras una boca voraz y lujuriosa le llenaba el oído de palabras oscuras y obscenas que la empujaron a un mundo brutal y desconocido donde sus hormonas desbocadas aullaban por más que eso se llamara como se llamara, y viniera de quien viniera...

-Yegua mal cogida había sido la patrona-. Este fue el poético epílogo mientras las manos toscas soltaban su cintura haciéndola golpear contra la mesada.

Cecilia no sabía cómo voltear a mirarlo; se subió el pantalón y se secó las lágrimas de puro gusto que la mojaban toda.Cuando se dio vuelta, de frente a ese moreno portentoso, pensó en lo alto que era a su lado, qué fuerte, y qué hijos de puta, él y ella, y la vida mezquina que no le había dado esos quince gloriosos minutos, quince años antes....

III

Cuando Gustavo entró al departamento sintió un aroma desconocido, medio salvaje, para su olfato delicado. Al sentarse a ver la televisión, Cecilia le sirvió papas fritas, maníes y una gaseosa. A Gustavo, Cecilia le pareció otra persona

-¿Tenés otro perfume? - le preguntó.

-No- dijo ella.

Gustavo la miró parada al lado del sofá, tenía un "desborde energético". Gustavo sólo se sonrió como un idiota, parecía que sus atributos de mujer le habían crecido y se habían multiplicado. Siguió sonriendo, sin saber porqué, como percibiendo una sensación inquietante.

-¿Qué pasa? -Preguntó Cecilia, y lo miró fijamente. Gustavo sintió una sacudida, como un temblor de la tierra.. Los ojos de Cecilia, sosegados, ahora estaban en tormenta? Su gesto, gentil y amable, ahora era sensual y agresivo. Definitivamente, no parecía la mujer con la que se había despertado esa mañana. A Gustavo se le pasó una idea fugaz por el alma, acerca de las pasiones demoníacas.

Cecilia se paró delante de él, que se quedó sentado y quieto, tapándole el televisor. Lo siguió mirando mientras se arrodillaba. Con un movimiento lento le abrió las piernas, le bajó el cierre del pantalón y le metió la mano. Gustavo siguió sonriendo mientras ella le bajaba el pantalón, le corría el calzoncillo, le sacaba el miembro y empezaba a chupárselo como nunca antes.

Ya estaba sintiéndose violado, muy violado por esa boca hirviente que no reconocía de quién era, cuando ella murmuró desde entre sus piernas:

-Hoy vamos a empezar a conocernos, mi vida.