RAMONA MI OBSESION - MIGUEL ANGEL |
| Mi historia sexual, comenzó desde temprana edad. Ya no recuerdo exactamente cuándo ni cómo, sin embargo aún tengo grabadas en mi mente, las centenares de veces que, a partir de la edad de 6 o 7 años, me regocijé espiando a cuanta dama estaba a mi alcance. Hoy sonrío al rememorar aquellas peripecias atrevidas e ingeniosas que creaba para cada ocasión, a fin de descubrir esos encantos escondidos y disimulados entre sus ropas, y que dichas mujeres, misteriosamente se obstinaban por mantener ocultos y guardados, como si se tratasen de secretos arcanos de los cuales dependieran sus propias vidas. En esa época no me importaba
la edad, ni la condición física o mi relación
social o familiar respecto de mis víctimas femeninas. Esa pasión morbosa por espiar
me condicionaba incluso a observar a mis hermanas mientras se bañaban,
o cuando realizaban cualquier acto que me permitía visualizar
sus partes íntimas, las que... antes de aquella época,
tal vez me habían sido indiferentes. A los 13 años ya me consideraba
todo un experto en el arte de la masturbación, y paralelamente,
también en la habilidad de curiosear con gran morbo al sexo
opuesto. Era mi primer año de escolaridad
secundaria, y compartíamos las clases; mitad alumnos varones
y otra mitad de mujeres, muchachas por las cuales, yo vivía
en un estado permanente de alteración erótica. En fin... aquella era toda mi escasa experiencia sexual con contacto real, acumulada hasta aquel momento. Ese verano... me fui de vacaciones
a la casa de mi hermana mayor (ya casada y madre de dos bebés),
para aprovechar con ellos, la pileta de natación que habían
inaugurado en su lujoso jardín. Debido al gran trabajo que les ocasionaban, tanto el cuidado de la inmensa residencia como los niños pequeños, recientemente habían contratado a una empleada doméstica (“cama adentro”... es decir que, prácticamente convivía con ellos, todos los días, salvo los domingos que era su jornada de franco) Se llamaba Ramona y tenía 17
años recién cumplidos. El día que la conocí, casi me caigo de espaldas. Estaba sentada al borde de la piscina, tenía a mi sobrino en su regazo, y para distraer al pequeño, agitaba el agua con su mano libre. El niño, estaba molesto e irritado, probablemente sentía celos por la hermanita recién nacida. Y en un arrebato colérico, con sus manotazos, arrancó de su lugar, el sostén de la joven. Ambos senos, liberados de la prenda, se mostraban erguidos y marcados por un color blanquecino que diferenciaba notablemente a esa piel sensible del resto que, obviamente estaba más curtida por el sol. Con mucha paciencia y sin desesperarse, la muchacha, sujetó a la criatura con ambas manos, lo sentó en un sillón de reposo vecino, y luego atendió y corrigió la postura de su corpiño. Toda la acción no se extendió
más allá del medio minuto, pero fue lo suficiente como
para que, tanto mi cuñado como yo, posáramos nuestra
vista con gran interés en los atributos accidentalmente expuestos
de Ramona. - El niño ya es un “precoz”
seductor- comentó, riéndose.- jejee- En fin... concluí que era una preciosura, una hermosa joven, atractiva, simpática y muy vivaracha. Y aunque la consideraba ciertamente
“inalcanzable”, no podía apartar mi mirada de sus piernas,
las que me parecían un regalo de los dioses. Las tenía
cubiertas por una fina vellosidad aterciopelada, muy tenue y que brillaba
majestuosamente con rayos de color dorado frente la exposición
del sol. Era como una ofrenda carnal e irreal afortunadamente dispuesta
ante mis ojos. El frecuente uso de la pileta de natación por toda la familia, me posibilitaba verla portando ese diminuto bikini que realzaba sus formas. Y ya después de haber observado en detalle sus suaves curvas y su excitante piel cobriza, pues no hacía otra cosa, que masturbarme varias veces al día, elaborando rebuscadas fantasías con ella, e imaginándome el poco resto escondido de sus pliegues de piel más íntimos y que aún desconocía. A la tercera noche de mi estadía
en la casa, me dirigí a la pileta, para refrescarme. Al volver de la piscina, mojado y tembloroso
por el frío del agua, me acerqué al cuarto donde se
colgaba la ropa a ventilar. Desde donde estaba, pude observar, que la ventana de la joven estaba iluminada, aunque la persiana interna (que estaba cerrada), no permitía una visión total del interior desde donde yo me encontraba. Era mi oportunidad. Enseguida me olvidé de la toalla. Y lo único que me importaba, era verla. Así que, acercándome y buscando entre las celosías un hueco mayor, logré al fin dar con el objetivo ansiado. Un reducido agujero entre las maderas, pero bastante apto para mis intenciones, producto de un tablón mal deslizado, me otorgó la visión más erótica que yo recuerde haya tenido, en mi ya afiebrada adolescencia. Ella se encontraba allí dentro,
parcialmente desnuda, probándose frente al espejo, una ropa
que mi hermana le había regalado horas antes. Lentamente se despojaba de los vestidos, y se quedaba en ropa interior. Luego... se miraba al espejo, pasaba delicadamente sus manos por su vientre plano mientras quedaba de perfil al cristal, también se agachaba o se tocaba las nalgas o sus pechos, y acto seguido, se probaba otra prenda nueva. Giraba graciosamente sobre sus delicados pies, tanto con la vestimenta seleccionada o bien semidesnuda, y así me fue ofreciendo un espectáculo mucho más perfecto del que yo había esperado. Sus prendas interiores transparentes, admitían apreciar muy sutilmente, la sensual oscuridad triangular del vello abundante de su pubis y también los diminutos pezones que coronaban sus modestos y turgentes pechos. La visión fue sensacional y en ese momento me pareció increíblemente fantástica. Evidentemente, estaba sintiéndose
muy satisfecha con su cuerpo, y gozaba con la preciosa imagen reflejada
de su parcial desnudez. A pesar de que ya la había contemplado en bikini (que curiosamente era más reducido que la ropa interior que tenía puesta), y también había observado sus senos, gracias a mi sobrino... lo que seguramente más me excitaba en ese momento, era el hecho que ella actuaba ingenuamente, con esa total inocencia y espontánea naturalidad, que tan sólo aflora plenamente, en la absoluta intimidad, sin la presencia de ningún testigo extraño o molesto. Realizaba cómicos mohines con
su cara, quizá exageradamente, cuando alguno de los vestidos
le quedaba muy holgado o era demasiado inadecuado para ella. En algunas ocasiones, sus caricias
se detenían sobre su montículo pélvico y hasta
pude mirar cuando introdujo sus dedos en su orificio más secreto,
con un aparente agradable placer. Aquello se transformó en una
rutina, una obsesión fija e invariable. Esperaba el momento
en que todos se dormían, y subrepticiamente, llegaba sigiloso
hasta esa fascinante abertura, para intentar espiarla. Era como un
ritual, al cual esperaba deseoso durante todo el día. Durante el horario diurno, mi relación
con Ramona se afianzaba cada vez más. Sin embargo era muy curiosa, y se preocupaba
por aprender. Cosa que hacía muy rápida y eficazmente.
Tenía una avidez extraordinaria por los conocimientos humanísticos,
y si hubiese estudiado, con toda certeza hoy sería, tal vez
historiadora, socióloga o antropóloga. Eramos amigos casi inseparables. Claro... ella no podía imaginarse lo que ocurría durante las noches, y muy pocas veces notó o se preocupó por mi evidente estado de cansancio (debido a la falta de sueño y también a los innumerables trances de placer sexual solitario que gozaba en su nombre). Generalmente yo dormía un par de horas durante el mediodía, y de esa forma, recuperaba en parte, mi gran gasto energético nocturno. Soñaba con Ramona tanto de día como de noche, despierto o dormido. Se estaba transformando para mí... en una manía. Padecía los síntomas de una bárbara pero exquisita magia de enamoramiento. - Buen día Micky... ¿Cómo
van los ánimos?... ¿Y tu gripe de verano? - Ahhh... los bellos juegos eróticos de la adolescencia. Todo esto ocurrió sin novedades importantes, hasta finalizado el primer mes. El verano ya comenzaba a castigarnos con sus particulares cualidades incluso mucho después de la retirada del sol. Una noche, ya calurosa por demás,
era insoportable la alta temperatura, casi nadie podía dormir
y tuve que demorar mi programa de observación, porque encerrado
en mi cuarto y a la expectativa, aún escuchaba sonidos y movimientos
en la casa. Me acerqué a esa adorada ventana,
como quien se arrodilla entregado frente a un altar. Con una sensación
de plena idolatría y hechizo por el nuevo culto que me tenía
atrapado y completamente encandilado. Esta vez, había una pequeña
luz encendida. Por supuesto, yo me conformaba contemplando cualquier
cosa, y aunque no lograse una imagen nítida de la recámara,
lo mismo pegaba mi ojo expectante al agujerito en la persiana, que
ya era mi amigo y mi dispositivo ocular privado, como si se tratase
de una vieja cámara fotográfica conocida. El velador de su mesa proyectaba gigantescas
sombras sobre las paredes y me esforcé desesperadamente por
encontrarla a ella entre esas formas indeterminadas y confusas, pero
no aparecía por ningún lado. Decidí esperarla, porque pensé que seguramente saldría del baño casi desnuda, y no deseaba perderme ese manjar visual, que tan morbosamente ansiaba. - ¿Qué perdiste, Micky?- dijo una voz a mis espaldas. Era Ramona, y por lo empapada que estaba, deduje que venía de darse una zambullida en la pileta. El agua resbalaba sensualmente por su piel, y ya había formado un gran charco en el piso, alrededor de sus gráciles pies desnudos. Eso me indicaba, que ya hacía un buen rato que estaba detrás de mí. Con mi cabeza casi gacha le miré
atónito, porque aunque vestía el bikini acostumbrado,
ocultaba los menudos senos con sus brazos cruzados sobre su pecho.
Seguramente mi cara estaba carente
de algún color normal, y quizá un gesto infantil de
terror dominaba y adornaba esa blancura sobrenatural. - Ya... vete a tu habitación.
– Esa noche, no pude conciliar el sueño. Imaginaba la siguiente mañana que me aguardaría, y no podía idear la manera de presentarme ante ella la próxima vez. También pensaba que a pesar
de haberme dicho todo lo contrario... mi familia se enteraría...
y enfrentarlos sería un bochorno, una tortura humillante. Un mediodía de sábado, nos encontrábamos solos, porque el resto de la familia habían ido a visitar a la madre de mi cuñado, que vivía en su pueblo natal, a 400 Km. de distancia. - Esta noche empieza mi día
libre. – me dijo -¿Y tú... que harás?- De haber sido posible, hubiera pedido que me enterraran allí y en ese mismo momento, para no sentir la vergüenza atroz, que me golpeó mil veces más fuerte, que la vez en la que fui descubierto “in fraganti” frente a su ventana. Al final de la conversación,
tuve que confesarle con gran dolor y una profunda turbación,
que sí había ocurrido, tal como ella tan hábilmente
deducía. Sólo me había “pescado”
un par de veces... así que me tranquilicé. Permanecimos hablando durante toda
la tarde, y casi hasta el anochecer. Abordamos varios temas distintos,
y dentro de esos temas, no faltaron los eróticos, que terminamos
por tratar con una total naturalidad y sinceridad. Nos confesamos
ciertas intimidades que ni siquiera a nuestras sombras les habíamos
confiado. Me contó que, hasta hacía muy poco tiempo,
había tenido un novio estable durante dos años, y que
con él había aprendido los placeres de la carne. Yo
le comenté mis breves experiencias con mi amiga y compañera
de estudios, pero exagerando un poco los alcances a los que habíamos
llegado realmente; como para darme una mayor importancia. - ¿Cómo son los besos
de alguien que no amas?... – preguntó curiosa. Una extraña complicidad se había generado entre los dos. Me sentía extremadamente feliz, y por su apariencia, parecía que ella también. Todas las ilusiones del mundo, acudieron a darse cita en mi ingenua mentalidad, y hasta llegué a pensar en declararle mi amor en ese instante. Al terminar la charla, después de mucho discutir, le convencí que me permitiera quedarme solo en la casa, durante el día domingo. Así lo hizo, y antes de la hora 20:00 se dirigió a la casa de sus padres, sin antes detallarme cientos de recomendaciones de toda índole. Ese domingo... me levanté temprano, acomodé todo el desorden, tomé mucho sol, nadé un par de horas. Y como si fuera poco, regué el jardín y hasta realicé torpemente algunas tareas de mantenimiento en la pileta, imitando las que había visto hacer a mi cuñado. Al mediodía ya estaba rendido, sin embargo aún me quedaron energías como para pensar en Ramona, y masturbarme frenéticamente. Al las 2 de la tarde, sentí
el clásico ruido de llaves en la puerta principal y pensé
que mi familia regresaba antes de lo indicado. Estaba más hermosa que nunca. Se había vestido y arreglado de forma muy especial. - ¡Qué lástima!
– pensé - Está más linda que nunca... Tal vez,
ya está saliendo con algún nuevo novio- Juntos nos dispusimos a comer los repugnantes tallarines al ajo, que de manera inepta, yo había preparado. Pero luego de dos o tres bocados, Ramona cruzó los cubiertos sobre el plato, y disimuladamente lo alejó hacia el centro de la mesa. - ¿Te preparo otra cosa?...
¿Qué tal un sandwich?... Reconozco que me quedaron un
poco picantes.- - ¿Qué te parece si abrimos
una de las botellas de vino que están guardadas en la bodega?- Al final, descorchamos el sabroso vino en cuestión, y tras beber dos vasos cada uno, quedamos bastante alterados y bajo los efectos lógicos del noble alcohol. La confidencialidad, volvió a emerger en nuestra conversación, las risas eran más frecuentes, y un brillo delator en nuestros ojos, acusaba una borrachera incipiente que ya compartíamos con placer desbocado. Nuestras lenguas se soltaron, y cuando
llegamos al tema de “aquella” noche Acto seguido, se incorporó de su silla, se acercó a mi lado y tomándome por sorpresa, estampó sobre mis labios, el beso más sensual que hasta ese momento de mi vida, me habían ofrecido. Envolví su cintura con mis brazos y la atraje hacia mí. Con mucha delicadeza la senté sobre mis piernas, y torció su tórax para quedar frente a frente, aún unidos por nuestras bocas. Casi sin palabras mediante, iniciamos un juego de caricias y besuqueos que estaban a punto de llevarme al paroxismo infinito. Un mundo de sensaciones taladraba mi cerebro, con rítmicos estallidos de deliciosa voluptuosidad. Jamás me había imaginado que mis fantasías podrían concretarse. Al fin tenía a mi amada entre mis brazos, tan ávida y ansiosa como yo. Los susurros que emitía, su respiración agitada, su lengua enloquecida, sus manos explorando mi cuerpo, tan anhelantemente como yo hacía con el suyo, me confirmaban que su ímpetu ardiente era similar al mío. Nuestra excitación fue creciendo hasta límites insospechables. Al fin alcancé a rozar sus pechos por sobre la suavidad de su fina blusa, y comprobando que no rechazaba mis amorosos mimos cargados de inflamación y deseo, intenté avanzar aún más dicha incursión. Con una gran carga de timidez, desabroché los botones rebeldes, que me permitieron observar y frotar suavemente el nacimiento de esos senos tan soñados en mis noches de pasión solitaria. Sentía el relieve de sus pezones en la palma de mi mano, abarqué también el esplendor de cada pecho con una ambiciosa impaciencia. Necesitaba besarlos, lamerlos, sentir esa especial tersura en mis labios. No me alcanzaban ambas manos para satisfacer mi necesidad de incorporar inmediatamente su piel a la mía. Quería fundirme en ella, unir cada poro mío con los suyos. Ya no eran caricias, eran como expresiones incansables del fuego interior que, una vez nacido en mis entrañas, requería una fuga inmediata en ese juego incontrolable que mis manos y mi lengua ya no podían complacer. Mis manos jugaron tenazmente con cada seno. Apreté ligeramente las hermosas protuberancias pequeñas y endurecidas; que asomaban desafiantes en el centro de la convexidad de su sujetador. Sentía mi pene embravecido luchando contra su prisión de tela, y esforzándose inútilmente por escapar. Notaba una gran cantidad de líquido preseminal fluyendo incontrolable que ya había formado una laguna incómoda dentro de mis pantalones cortos, los cuales estaban a punto de estallar por la presión ejercida desde adentro Participaba completamente feliz de
una lluvia de sensaciones que, como corrientes contagiosas de placer,
recorrieron todos mis sentidos y cada partícula de mi ser,
sobre todo allá, en la ingle y también donde la mano
de mi amada se solazaba jugando con mi nuca. Recuerdo también cuando mis manos palparon tímidamente la piel de sus muslos; inquietante, dulce, y placenteramente fue mi mano izquierda metiéndose debajo de la falda hasta llegar a sus bragas. Estaba habituado a no sobrepasar dicho límite, impuesto anteriormente por mi compañera de clase. Y dudaba si continuar o no, con dicho avance. Temía una resistencia rígida y feroz, parecida a la que aquella otra chica me tenía acostumbrado. Mis dedos parecían enloquecidos. Recorrían sus muslos, saltaban a su vientre y los laterales de sus nalgas, pero no me animaba siquiera a rozar el sector hasta ahora “prohibido”. Esperaba un guiño de aceptación de parte de mi diosa. Estos pensamientos no lograron frustrar ni entorpecer el goce de sus besos y contestarlos con todo mi amor, y mi ser, con toda mi percepción puesta en los labios que besaban y eran besados y en la danza enloquecida de nuestras lenguas, que buscaban introducir todo su volumen en la cavidad del otro, como serpientes furiosas y combativas. Ella, temblorosa encima de mí, palpitante y trémula, nunca dejó de besarme, con modestia al principio, y de manera salvaje al momento de sucederse las caricias. Nuestras bocas se lamían, se mordían, se chupaban mucho... demasiado, los dientes se entrechocaban accidentalmente y nuestras salivas con fuerte sabor a vino, pimienta y ajo, se fusionaban, como un preludio que anticipaba un mayor intercambio de fluidos, que no tardaría en suceder. Necesitaba respirar, me asfixiaba.
El calor era impresionante, noté como mi semen bullía
y la humedad de nuestra piel, copiosamente fluía como un arroyo
de aguas cristalinas. También quería hablarle, decirle
que la amaba. Aunque continuaba reprimiendo esa revelación,
por temor a arruinarlo todo. La separé cariñosamente,
tomé su rostro con ambas manos y la miré detenidamente.
La pintura tan detallada y armoniosamente dispuesta, que había
lucido al llegar, ahora se encontraba como una mancha ridícula,
esparcida por todo su semblante. Acercando mi nariz a la suya, le pregunté sin pensar: - ¿Te gustan mis besos, preciosa?.-
Su obvia respuesta me hizo sentir el idiota más idiota del planeta. Pero tal vez por esa inseguridad propia de mi inferior condición, debido a mi edad... seguí consultándole: - ¿Puedo acariciarte toda? – Su respuesta fue concluyente. Tomó
mi mano izquierda con una suya, y la guió decididamente dirigiéndola
hacia su vértice más ardiente. Abrió un poco
sus piernas, corrió hacia un costado sus bragas e introdujo
mi mano con la palma hacia arriba, entre esas piernas adorables. Mi
mano, inquieta, jugueteaba en territorio desconocido. Era la primera vez en mi vida que tocaba los genitales de una mujer. Miles de veces lo había imaginado,
pero jamás había sospechado que dicho lugar pudiese
emitir tanto calor y humedad. Mi turbación ya era increíble, exploré con prisa aquella zona de su cuerpo. Identifiqué cada parte aprendida en teoría. Reconocí los labios mayores, los menores y su clítoris, y hasta logré introducir mi dedo índice en su abertura. Sentía su flujo muy caliente, y la extraña suavidad de las paredes interiores, como así también pude comprobar la hipersensibilidad que ella acusaba en esa zona, tras el paso inexperto de mi dedo invasor. Era como introducir el índice en un pote de mantequilla caliente. Una alucinación quizá. ¡No podía estar ocurriéndome a mí!. Ella gemía, retorcía
todo su cuerpo, y su boca seca estaba ansiosa por la mía, aún
más que antes. Mientras me besaba, jadeaba, suspiraba y se
retorcía. Sus movimientos rítmicos y convulsivos me indicaban la manera precisa como debía acariciar el interior de su sexo. Cuando lo requería, ella movía acompasadamente su pelvis y frotaba su clítoris contra mi pulgar. Mi dedo más gordo no cesaba de encontrarse con esa diminuta protuberancia erecta que, hasta ese momento, yo conocía sólo por su nombre y por los mitos que había escuchado o leído acerca de su tan particular importancia. Se abrieron sin aviso, las puertas de su gloria personal del placer, inesperada, y casi sublimemente. Se sofocaba, murmuraba palabras que no comprendí, se apretó aún más contra mi pulgar y asfixiando mi pene con sus dedos alargados por encima de mi ropa... explotó en una ola tormentosa de éxtasis profundo. Nunca antes había presenciado un acto semejante. Estaba embelesado por ser... no sólo testigo, sino también partícipe. Es más, no lo creía. Pensé que era un sueño, no podía ser real. Suspiró largamente, me miró a los ojos, se sonrió y cayó con su cuerpo laxo sobre mi pecho. El placer la había agotado. Pensé que eso era todo, pero otra vez me equivocaba. En realidad, ignoraba las numerosas sorpresas que esta muchacha casi perfecta, me tenía reservadas. Pronto, comenzaron otra vez los besos y caricias, aunque había retirado mi mano de su sexo cansado o irritado. No lo supe con certeza. Al abrazarla, mis dedos de esa mano,
se acercaron a mi cara por detrás de su espalda. Los olí,
curioso por la viscosidad que chorreaban y que había logrado
arrebatar de sus profundidades, como un ladrón improvisado.
Percibí su perfume fuerte y picante; similar al que yo había
olfateado en las bragas de mis hermanas, que a escondidas, y del cesto
de la ropa sucia, solía secuestrar en mi casa por escasos minutos.
Absolutamente todo de esa mujer me tenía atrapado. Ya no tenía escape posible, deseaba acompañarla por el resto de mi vida. Se acomodó de manera tal, que le posibilitaba acceder a mi miembro inflamado y aún angustiosamente encerrado dentro de mi traje de baño. Abrió la cremallera plástica, y lo quitó de su encierro tan cruel. Me dolían los testículos, y mi pene tan apretado pudo al fin ser liberado Su mano derecha, la más investigadora, caminó sobre el tronco de mi falo. Acarició mis pocos pelos e introdujo sus dedos entre mis muslos como buscando separarlos; entendí y los separé con gusto, con una luminosa sonrisa de feliz complacencia, precisamente esperando que sus dedos recorrieran la bolsa de mis testículos. Así lo hizo. Acarició la zona mansamente y a pesar de estar completamente mojado por mis líquidos, luego se agachó, lamió, atrapó y besó mi glande, hasta que notó que mi urgencia era la soberana. Pronto las ropas estuvieron de más. Casi con violencia, nos las arrancamos uno al otro Sin preguntarme siquiera, se sentó sobre mí, colocó sus piernas exageradamente abiertas a mis costados, y guió mi órgano viril, erecto en su máximo esplendor, hacia la entrada de su vagina. Con una presión imperceptible, el glande ingresó fácilmente, y todo el resto fue engullido por esa hambrienta boca vertical; resbalando en la cremosa humedad caliente y exagerada, allí acumulada. La sensación era indescriptible. El calor, el roce con sus paredes estrechas y untuosas, el ir y venir de sus movimientos pélvicos, el choque de nuestros pubis, entremezclando nuestra vellosidad y jugos. Me extasiaba también, con la imagen de sus pequeños senos bailoteando al compás de su ritmo veloz. Lo sublimé a tal punto que supuse sería el paso previo a la muerte. Como lo más puro, sagrado y etéreo y a la vez animal. No duré mucho tiempo dentro de ella. El baile erótico tan ágil, me había transportado hasta un nivel de excitación más allá de lo soportable. Mi inexperiencia, y la gran urgencia contenida, me hizo explotar en una abundancia de rayos luminosos. Una tempestad eléctrica recorrió mi columna, depositando toda la fuerza del poderoso huracán en un solo punto. Mis testículos y mi pene estaban
en ebullición, y salvajemente eyaculé como un volcán
ingobernable. Ella continuaba su baile enloquecido, y segundos después,
también se partió en mil pedazos, gozando una vez más
la consagración de su placer, con espasmos y contracciones
que presionaban firmemente mi miembro con sus músculos vaginales.
Era una vagina agradecida, que abrazaba y también abrasaba,
a su amante usurpador. Mi erección mantuvo su firmeza durante breves segundos, y luego fue mermando, hasta que una vez blando y escurridizo, se escapó de su tan preciosa celda. Lamí su rostro, su cuello, sus pezones y cada parte de su piel a la que podía acceder con mis labios. Me miró con sus enormes ojazos seductores entrecerrados. - Ayyyy Micky. ¡No sabes cuánto
te necesitaba! – En ese momento, desde su vulva brotó
ruidoso, un espeso chorro de esperma y flujo, cayendo sobre mis piernas.
También comenzó a escaparse aire desde el recóndito
túnel, hecho que nos produjo gracia y una risa incontenible,
porque el sonido simulaba perfectamente a la flatulencia similar,
que normalmente se fuga por el ano. Se dirigió al baño, quería
higienizarse, y yo hice lo mismo. Nos enjabonamos mutuamente, continuamos la sesión de besos desenfrenados. Quería repetir la penetración que tanto me había agradado. Era mi único objetivo. Lo intenté, acomodando su cuerpo contra los azulejos de la pared, de forma que su entrepierna quedase expuesta a las embestidas precipitadas de mi pene. Pero me tranquilizó, y me solicitó que esperase, que ya tendríamos todo el tiempo del mundo. - Tu familia regresará el miércoles
o jueves. – murmuró - ¿Sabes las veces que podemos hacer
el amor, durante ese tiempo? – Su pelo mojado, la redondez de sus nalgas, a las que casi no había acariciado, el bamboleo de sus caderas. Sus piernas perfectas sincronizadas en una marcha casi nupcial. Esta visión de su parte trasera me llevó maniatado atrás del lujurioso vaivén de sus pasos, como un apéndice más en su cuerpo. Llegué casi hipnotizado hasta sus blancas sábanas. Ningún hecho, por más
significativo o importante que hubiese ocurrido, hubiera podido separarme
de ella en ese momento. Estaba más excitado que antes. Al llegar, la tumbé rápidamente sobre la cama e intenté subirme encima de ella, con el fin de penetrarla. Pero... otra vez me lo impidió. - Estás muy apurado, cariño.
Y las mujeres tenemos otros tiempos – Esa noche, me enseño sus maneras. No todas, porque con el tiempo fueron apareciendo algunas otras nuevas. Su mayor goce, lo obtenía mediante
el sexo oral. La había visto gozar dos orgasmos maravillosos
en la primera sesión apresurada que tuvimos en el comedor.
Pero no habían sido casi nada comparados con los que experimentó,
al enseñarme como debía estimularla con mi boca. Al principio, me enseñó como debía provocar su piel, sin atacar directamente su vulva. Con suaves caricias de mis labios y mi lengua, comenzando por su cuello, rostro, labios, senos y vientre. Luego sus piernas, culo, pies... absolutamente toda su epidermis, sin dejar un solo milímetro sin escudriñar. Al terminar esa agotadora tarea, recién
comenzaba la más importante, que era la acción sobre
su vagina. En ese sector, podía quedarme horas enteras. Si me lo hubiese pedido, hasta hubiera vivido eternamente lamiendo su entrepierna. Sólo al final, me dedicaba a su clítoris. Primero debía aguardar a que éste saliera de su capullo natural de piel, sin estímulo directo. Luego... una vez que se asomaba a mi encuentro... entonces sí, lamía, succionaba, besaba, chupaba y volvía a lamer ese botoncito mágico, con una fruición espectacular, hasta que sus sacudidas me indicaban que estaba aproximándose a una nueva meseta de estallidos. Yo variaba el ritmo de mis lamidas según su voluntad. - Allí... ¡sííííííííí!...
Ahí... Ahí mismo.- Generalmente, para ese momento, mi excitación ya no tenía nombre. Sin embargo soportaba pacientemente esos ejercicios sexuales, como un búfalo atado a un pesado aparejo, resoplando agitada y furiosamente, mientras ella repetía sus orgasmos incontables, y con igual energía. Era incansable. Verdaderamente, me costaba admitir que una persona pudiera sobrevivir luego de tanto placer. A su pedido, le introducía mis dedos en su vagina, en su ano o en su boca, según me lo solicitaba. Acaricié miles de veces sus senos con mis manos o mi lengua, según la ocasión. Me adiestró a localizar una zona muy erógena (el ahora tan famoso punto “G”), y ya no me costaba ningún trabajo encontrarlo de inmediato. Para ello metía dos de mis dedos en su vagina, orientando las yemas hacia arriba, y al llegar a la zona rugosa, buscaba y exploraba en ese reducido sector, ella me señalaba el sitio exacto donde rozar y estimular, para provocarle unas sensaciones que fue incapaz de describirme. Cuando ella observaba que ya casi no le quedaban más fuerzas, ahorraba una última para satisfacerme a mí. Cosa que yo le agradecía de inmediato, porque mi necesidad, comúnmente en esos momentos, era de extremada exigencia. Sin embargo, también me aleccionó
en el arte de la penetración. Estaba confundido en casi todo, pero
mi fascinación era tal que; sin pensarlo, hubiera dado mi vida
por ella. Descubrí con esta mujer, los
laberintos más complejos de la líbido. Recorrí
caminos asombrosos, inusuales para un chico de 13 años en aquellas
épocas. Yo me sentía pletórico,
multiplicado hasta el infinito, había superado de forma exagerada,
cualquier expectativa. Rendidos y exhaustos, nos dormíamos enlazados a pesar del calor, por breves intervalos, para comenzar nuevamente ante la menor o más sutil insinuación de parte del otro. Fuimos dos máquinas del amor. Sincronizamos perfectamente nuestros ímpetus, y recuerdo un solo caso en el que me faltó el vigor necesario para complacerla. Absolutamente todo estaba intrínsecamente dispuesto para deleitarnos mutuamente. El día martes, me sorprendió otra vez. En el instante en que mi excitación ya era arrolladora, se dio vuelta como lo había hecho otras veces. Apoyó manos y rodillas sobre el colchón, y se acomodó como a mí tanto me agradaba. Pero en vez de pedirme una penetración normal; levantando bien en alto su cola, me suplicó que le introdujera mi pene en su recto. Yo estaba maravillado, absorto y cautivado por la imagen de sus dos aberturas a mi total disposición. El aro rosado de su ano, rodeado de pliegues de color café, era un secreto ya descubierto por mis dedos y mi lengua, pero esa iba a ser la primera vez que lo intentaría con mi órgano sexual. Nos acomodamos, le unté crema humectante según me indicó, y le hice masajes previos con mis dedos, conforme a su guía. Cuando ya creíamos que estaba
bastante dilatado me incorporé detrás, presioné
la punta en la abertura y sentí como ese aro musculoso comenzó
a ceder, aunque no mucho. Ella ya se encontraba al borde de la
extenuación física y mental, pero no me detuve, y al
contrario, continué impulsándome en dicho apretado canal,
que me proporcionaba sensaciones majestuosas. Ramona estaba llegando a uno de los
“grandes”. Así los llamaba. Desde su garganta comenzaron a surgir
extraños sonidos, como guturales o animales. Su cabeza, se
apoyaba sobre una y otra mejilla, con movimientos intermitentes muy
veloces; de verdad, los giros de su cuello eran inusitados, violentos...
casi peligrosos. Juntos, alcanzamos una aceleración
bestial, era lacerante, punzante. En sus profundidades, mi cabeza
se encontraba con un duro objeto, que supuse serían excrementos
dispuestos a ser expulsados prontamente. - (Se ha orinado)- pensé De pronto, sentí que se desplomaba.
Como una muñequita de trapo sin vida, se dejó caer sobre
la cama, arrastrándome atrás de ella. Yo estaba conectado
a su vida, sus entrañas eran mías, y no había
nada en el mundo que pudiera detener mi avance. Ya no era solamente placer. Algo más
se había incorporado en mi persona. A pesar del reducido tamaño de mi miembro eréctil, había conseguido dañar sin quererlo, algún tejido interno de su recto. Limpié como pude su cuerpo tan manchado, me higienicé, retiré todas las sábanas, que estaban ya más que sucias, y le apliqué en su vulva y su trasero, una crema que usábamos para la inflamación dérmica de la bebita. Temblaba todo mi cuerpo, pero sobretodo, las piernas, las cuales casi no me respondieron con total normalidad, hasta pasadas dos horas más. Ella actuaba como entregada. Desde ese día, nos pertenecimos uno al otro, regidos por un pacto mórbido que todavía ignorábamos. Al día siguiente, aún se sentía dolorida en ambos canales. Pero ello no le obstaculizó a satisfacer mis deseos con su boca. Hacia la tarde, aún le dolía el ano, pero su ranura vaginal estaba recuperada, y logramos hacer el amor, aunque muy apaciblemente. - Mi amor... algo te ocurre. Creo que
te lastimé otra vez. – Si alguien me hubiera dicho semanas antes, que yo pronto estaría lamiendo la sangre y el copioso flujo de una mujer en esos días. Con total seguridad, me hubiese destornillado de la risa. Su indisposición no modificó para nada nuestras prácticas. Y creo que, incluso, las enfervorizó más todavía. Una vez, había leído
en un libro de poemas la transcripción de un “graffiti” encontrado
en un jabón de hotel. Decía: "Si no fluye el amor,
el beso y la cópula, enturbian el agua". Mis ánimos estaban exaltados
anormalmente. Y parecía que los de Ramona también. Hicimos el amor como dos bestias salvajes, hasta minutos antes que llegaran los dueños de casa. (que casi nos sorprendieron en medio de una tranquila unión tipo “69”). Cuando la vida de la casa, volvió
a la normalidad, nos sentimos invadidos. Yo deseaba inconscientemente
que mi hermana y su esposo, retornaran a aquella ciudad, que desaparecieran
para siempre. Finalizaba el año 1.967, y aún
los peligros del S.I.D.A. y de otras misteriosas enfermedades de transmisión
sexual, no existían ni siquiera en las mentes más crueles
e imaginativas. Aún hoy en día, no puedo
hacer el amor de distinta manera, a aquella aprendida bajo su tutela
amorosa. Este relato es real en un 95 %, y lo hago público para participar con el mundo entero la experiencia tan particular que me tocó vivir a esa precoz edad. Una edad, cuando aún no estaba plenamente desarrollado ni física, ni mentalmente. Y que, no obstante, una experiencia de tal magnitud... me realizó como hombre de la noche al día. Si alguien conoce a Ramona, le pido encarecidamente que le informe, que el pacto que juramos una vez, aún permanece en pie. Y que todavía, nuestro sueño podría realizarse. Gracias por acompañarme hasta el final de mi primera narración erótica. Espero tu opinión en mi casilla
de correos... micky19542004@hotmail.com Autor: Miguel @ngel |