| Historia de una fantasia swinger - nitzche58 |
| Después
de llegar a Cuba y conocer sus ambientes, mi esposa y yo, nos dispusimos
a darnos permiso, acordes a la postmodernidad, para ser infieles mutuamente,
convencidos de las implicaciones de nuestra temeraria aventura matrimonial.
Una semana en la paradisíaca isla fue la mejor decisión
que pudimos tomar después de varios intentos fallidos para disfrutar
un verano juntos sin la compañía de los hijos. Los dólares
guardados sirvieron para planear un viaje de placer al lugar más
afrodisíaco del caribe. Esa noche, un matrimonio cincuentón,
que conocimos en un bar de la Habana nos invitó a seguir la parranda
en un lugar exclusivo para turistas con amplio criterio: un club swinger
(donde acuden los que gustan intercambiar a su pareja). Decidimos asistir
a la fiesta, no sin antes llegar al hotel a mudarnos de ropa. Mi esposa,
acostumbrada a lucir sus voluptuosos pechos no vaciló en ponerse
una blusa de singular escote. Con esa minifalda que se enfundó
en su cuerpo se hicieron apetecibles sus muslos restándole a
sus cuatro décadas unos veinte años. Sus cabellos rizados
le dieron a su rostro un especial look juvenil. La veo tan guapa y atractiva
que no puedo imaginar que en cuestión de minutos, hará
el amor con alguien que no soy yo. Por mi parte traigo un pantalón
de mezclilla lo suficientemente ajustado que muestra la indiscreción
de mi sexo. Esta vez no me reclamó mi esposa por ese notorio
bulto dispuesto a levantarse ante las miradas anónimas de quienes
intenten averiguar su tamaño. Estamos llegando al lugar esperado. Nos abre un sujeto con cara de aburrido y nos anticipa que la entrada cuesta treinta y cinco dólares. Pasen para acá nos dice y presuroso nos conduce al interior del club para presentarnos con dos mujeres atractivas, las de relaciones públicas (digamos lúbricas) del lugar. ¿Qué queremos beber? Estamos ante una barra larga y desierta. Somos de los primeros en llegar. Son las once de la noche de un jueves cualquiera en Cuba. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite una de las anfitrionas con un marcado acento cubano. Es menuda, lleva el cabello ondulado y unas botas hasta las rodillas. No es una anfitriona más, es la dueña del Club. Conoció a su novio por un aviso publicado en una revista swinger, se enamoraron y abrieron juntos este local para intercambio de parejas que ya tiene más de cinco años. Seguimos a la propietaria en un recorrido relámpago con el propósito de describirnos el lugar y explicarnos las reglas del juego. Dejamos atrás el bar. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella. Aquí se baila o se ven películas porno mientras se bebe algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano y me pareció llegar a una cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para el casillero se pide en la barra, y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: una cama gigantesca de treinta metros que hace crujir hasta cincuenta parejas a la vez. Justo al frente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi; más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de mini discoteca nudista. Si uno no quiere nada con alguna persona basta con tocarle el hombro. Ésta es la contraseña del Club. Cada lugar recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites. Pregunto por un salón. Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo. No me froto las manos, no trago saliva, sólo miro de reojo a mi esposa con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza. Llevamos aquí una hora y lo único que hemos intercambiado son miradas de sorpresa. Se supone que deberíamos intentar ligar con otros swingers menos tímidos que nosotros, pero por ahora no atinamos más que a mirar. Me esforcé para seguir al pie de la letra las reglas del Club. Sentí a mi esposa un tanto asustada en la medida que la situación se volvía seria, en razón de saber dónde estamos y para qué. Dicen que la gente suele venir a un club swinger para no mentir. Había leído en Internet que el propósito swinger más elevado consiste en que, al relacionarte genitalmente con otras parejas, bajo la atenta mirada de tu consorte, evites sucumbir al sexo extramarital y al engaño. Más de la mitad de matrimonios comunes practica la infidelidad secreta. Nada entonces como los honestos swingers. Me intriga esta aventura conjunta, esta libertad sexual que surge del consenso. Este adulterio vigilado. Nunca habíamos pisado un club, pero a mi esposa y a mí, algunos amigos de nuestro pueblo, podrían considerarnos como una pareja liberal. Más por mí que por ella. Me explico. Mi primera vez fue a los diecisiete años (nada raro). No es ningún récord, lo sé, pero es suficiente para que los liberales con membresía me miren por encima del hombro. Con quince años juntos, mi mujer y yo no contamos con experiencias liberales, salvo infidelidades de diverso origen y encuentros frustrados que ella llama regresiones. En cuanto a los celos, tema superado para los swingers, para mí siempre han tenido que ver con el amor o con la fascinación. Si ella se enamora de otro o se fascina por alguien, me pongo celoso. Los celos para ella también pasan por el sexo: si una mujer me mira con otros ojos, seguro le rompe la cara con su mirada. Me avergüenza decir que esos malditos celos provocaron un día que le rompiera la cara a bofetadas. Antes de venir, mi esposa mostraba una buena actitud y parecía tomar nuestra incursión swinger como una saludable aventura. Estaba dispuesta a dar el gran paso, o sea dejarme llegar todo lo lejos que me propusiera, aunque prefería no decirlo con todas sus letras. Para mí, nuestro swinger-viaje era más un ajuste de cuentas (no puedo olvidar aún sus recientes encuentros amorosos a mis espaldas), pero a pesar de que confiaba en la buena fe de ella para aceptar esta nueva aventura, tengo miedo de un arrepentimiento de último minuto. Uno nunca puede estar seguro de cuán liberal es verdaderamente hasta que se encuentra al lado de parejas profesionales de la libertad y del exceso. Según el decálogo swinger, los arrepentimientos a medio camino se dan entre parejas inmaduras que no tienen la mente abierta ni los sentimientos claros. Lo que es un insulto para una dupla que se precie de moderna. Estábamos tranquilos y esperanzados en poder cumplir esta máxima swinger: una actitud liberal se basa en la confianza mutua entre los miembros de la pareja. Un voto de confianza suficiente como para prestar a tu esposa a tus amigos de una noche. Porque una buena swinger es generosa con los compañeros liberales. Se zurra en el noveno mandamiento, pero vuelve a dormir a su casa. Lleva condones a las fiestas de fin de semana, pero permanece fiel todos los días de su vida hasta que la muerte los separe. Siempre he creído en mi capacidad de compartir y sobre todo en mi capacidad de usufructuar. Pero ahora, sentado en esta barra, empiezo a preocuparme. Todavía no hemos sido más que tímidos voyeuristas. Veo al fondo del pasillo a un par de jóvenes con los que haríamos buena pareja. Había leído que la mejor estrategia para ligar en estos sitios es que las mujeres tomen la iniciativa. Sin embargo mi esposa parece más indecisa que yo. Al fin me decido. Cruzaré los metros que nos separan y me presentaré diciendo alguna genialidad como: «Qué tal, ¿por qué tan solitos?». Pero por lo que veo hasta ahora, el intercambio sólo consiste en altas dosis de caricias, exhibición y harto voyeurismo. Mucho entusiasmo y nada de acción. En verdad, pocas veces se llega hasta el final, digamos a la cópula cruzada. Aun así, la transacción se pretende lo más justa posible. Si esta noche alguien se me acerca con intenciones de prestarme a su esposa, yo estaré obligado a prestarle a la mía. Ni más ni menos. El trueque siempre es engañoso: demasiado primitivo para nuestra mentalidad moderna. La utopía comunista de Marx tampoco es posible en estos clubes. Nos sentimos ridículos, y eso que aún estamos vestidos. La mayoría empieza a ser sospechosamente cariñosa con su pareja, salvo por los de la mesa que está a nuestro lado. Son un cuarteto de intelectuales fashion que parecen haber llegado juntos y, a juzgar por su conversación sobre el populismo de Chávez y Andrés Manuel López Obrador, manejan bastante bien la situación. Las otras parejas estacionadas en la sala de los ligues seguimos incomunicadas, mirándonos de reojo y preguntándonos si somos dignos de ellas o si ellas son dignas de nosotros. Empiezo a tenerle miedo a esta entidad abstracta llamada pareja swinger. La tensión es tal que mi esposa y yo ni siquiera tenemos ganas de besarnos. El esnobismo de ser swinger me está matando. Quiero refugiarme en el amor. Pero justo en medio de este trance existencial comienzan las olas migratorias de parejas hacia la zona nudista, el territorio del trueque. Mi esposa y yo intercambiamos la última mirada cómplice antes de cometer el crimen. Bajamos a toda velocidad las escaleras que conducen hacia los casilleros del sótano. Vamos al encuentro de la terapia de choque. A juzgar por los vapores y los gritos, Lucifer debe vivir en las profundidades del jacuzzi de este club. Primera vacilación de la noche: quitarse la ropa en medio de un iluminado pasillo, junto a dos «adultos mayores» con nalgas de chile pasilla, mofletudos y en pelotas. Los abuelos, sin embargo, ni nos miran, y sus cuerpos que ya han vivido el apogeo y la caída del imperio de los sentidos desaparecen en la oscuridad. Optamos por copiar a los conservadores y nos envolvemos en unas toallas blancas. Todos nos miran. Sólo me preocupa que los callos de mi esposa sean un motivo de rechazo de algún swinger que le eche los perros Sin embargo, confío en la grandeza de sus pechos capaces de provocar a más de uno. La gente tiene debilidad por las novedades. Y somos una novedad en el Club. Paseamos por el lugar. En la súper cama, unas diez parejas se besan y acarician, algunas con sobrada calma y otras parecen acercarse ruidosamente al clímax. Me decepciona no encontrar sexo en grupo en ninguna parte. Como recién llegados no podemos saber si en la cama está el producto de varios intercambios discretos. Quizá ninguna de las parejas que se revuelcan en el lecho colectivo sea la original. Una breve ojeada alrededor nos avisa que la diversión parece estar en una cueva contigua aislada por unas cortinas estampadas de penes azules. Ocho parejas en toallas bailan en la penumbra mientras la temperatura sube sin control. Se entregan al juego, aunque aún no intercambian nada. Segunda vacilación de la noche: tener sexo delante de tanta gente. Me pregunto si mi esposa y yo estaremos listos. Mi impaciencia estalla y se me despierta una suerte de espíritu competitivo. Al ver que los demás se manosean, decido desmarcarme y regalarle a mi esposa unos minutos de sexo oral casero y devoto, a nuestro viejo estilo, escudado en la oscuridad pero conciente del exhibicionismo de mí gesto. Los demás se acercan a ver y siguen nuestro ejemplo. Siempre quise ser un agitador sexual y éste es sin duda mi cuarto de hora. Mi esposa toma mi iniciativa con gusto. Las toallas se deslizan a nuestros pies tapando los callos de ella. Esta bienvenida a Swingerlandia ha estado bien para mí. Siento que he ganado alguna clase de protagonismo y que el grupo se ha soltado gracias a mi buena acción. O al menos es mi fantasía. Comienzo a vivirla: creo que los compañeros han empezado a mirarme lujuriosamente, creo que ha empezado a tocarme un pulpo precioso, creo que estoy en los brazos de una mujer menuda e impetuosa. Su marido se me planta al frente y empieza a animarla por las caricias que me ponen como burro en primavera. La sigo, qué más da. Es guapa y muy delgada, suda y, para ser sincero, tiene una cara de loca o de haberse metido un pericazo. Yo ni siquiera estoy borracho. Todos nos tocan y nos empujan suavemente a acariciarnos unos a otros. La ola del deseo se propaga. ¿Pero quién es ése guey que no le suelta las tetas a mi señora? ¿Es otra vez el calvo o es otro? Imposible saberlo. En un segundo busco a mi mujer y la veo, ya encarrerada, con un joven manoseándola a su antojo y besando delicadamente sus grandes pezones. Siento un ligero escozor de celos, pero nada serio. Imagino que ella debe estar igual o peor. Me alivia saber que también se divierte y no se preocupa por mí, o lo finge muy bien. Sigo yendo de mano en mano, descubro que me gusta sentirme así, que nadie sepa quién soy, abandonarme a los caprichos de algo que está más allá de mi conciencia. Empiezo un juego solitario que consiste en manosear con insolencia a las parejas que no se han integrado, lo que me hace saber que estoy excitadísimo. Me miran mal y casi me hacen despertar de mi fantasía. Tal vez estoy violando alguna regla swinger sin darme cuenta. No distingo entre los cuerpos anónimos que quieren con mi esposa. Me angustio, me hago la idea de que la he perdido, si no para siempre al menos por un buen rato. Pero entonces una mano penetra las ridículas cortinas del salón donde nos encontramos y me jala hacia afuera. He hablado con más de media docena de parejas swingers esta noche y todas defienden su opción como un antídoto contra la infidelidad. Dicen que es una novísima forma de sexualidad, capaz de salvar matrimonios agónicos o al menos de estirarlos. Muchos de ellos no son otra cosa que versiones recicladas de esos cornudos y cornudas voluntarios que consagraron el amor libre y el sexo extramarital. Devotos de la consabida frase: «La fidelidad es el falso dios del matrimonio». Creyentes de que su iconoclasta vida de pareja se enriquecía sacando una que otra vez los pies del plato. Swinger significa «algo que oscila» y alude a esa facilidad para viajar de cama en cama. Define al tipo de personas que renuncian a hacerse de la vista gorda, que reniegan de la doble moral y se atreven a actualizar sus máximos delirios con otras personas, aunque dejando el amor como único campo minado para los intrusos. Pero esta regla también se viola a cada instante, y algunos confiesan haberse enganchado alguna vez con la pareja de otro e incluso haberse visto a escondidas con ella. Hay casos graves de incumplimiento de contrato que se convierten en matrimonios de cuatro. La mano que me jala es la de mi esposa, claro. Tras la virulencia del cuarto oscuro, ahora la sigo hasta la súper cama. Queremos un momento de paz e intimidad. Comenzamos a acariciarnos, pero yo estoy desconcentrado. Mi señora, en cambio, ya está encima de mí, muy dispuesta. Le pregunto qué tal. Más o menos. No le gustó que el joven aquél que disfruto de sus tetas le tocara sus hemorroides. Me sorprende mi éxito, le digo un poco presumido, y le susurro palabras al oído: ¿Tuviste celos? ¿Y a té te dieron ganas de matar? ¿Tú qué crees? ¿Es rico verme con otro? Te diré la verdad: verte con otro me excita tanto como me duele. Ella se queda callada y hacemos el amor. Sin querer nos estamos comportando como unos swingers: nos han estimulado extramaritalmente y procedemos a consumar el sexo conyugalmente. De vez en cuando volteo a la derecha y a la izquierda, atento a nuestros compañeros de cama. A la derecha hay una pareja de chicos que no llegan a los veinticinco años. Ella es una negra con un cuerpazo. Él le practica un sexo oral con evidentes muestras de torpeza. Ahora hacia la izquierda, una pareja mayor, ambos muy gordos, me hacen pensar en el peso de la costumbre. Ella está encima y no pierde su ritmo eficaz hasta que se viene. Pero mi esposa se mueve una rítmica furia, y entonces mis cavilaciones se extinguen en una eyaculación copiosa. Entramos en receso, nos damos una ducha fría y salimos hacia la calefacción. En la sala conocemos a una pareja simpática y atractiva. Él es transportista y ella, enfermera. Mi esposa me dice que el hombre le recuerda a uno de sus profesores de secundaria. Corpulento, tiene gafas y pelo en pecho. Me parece una bonita fantasía que los hagas con tu profesor. Ya dije que no soy celoso, aunque la señora de él, trata de esconder su belleza. Ambos son de carácter agradable. Los cuatro nos hemos sumergido en el jacuzzi y la estamos pasando bien. Tercera vacilación de la noche: hacerlo con la primera pareja que te dirige la palabra es todo un reto. Estamos ante un caso poco común dentro de este mundillo: uno de los miembros de una pareja (mi esposa) se interesa por un transportista que le recuerda a su profesor, mientras el otro elemento (yo) duda en saberse correspondido por la atractiva mujer del chofer. En estos casos es mejor abortar el plan, recomiendan los expertos: el club swinger podría convertirse en el club de la pelea. Ni lo sueñes, le digo a mi esposa, cuando por fin nos quedamos solos. La pareja se ha ido a bailar al cuarto oscuro, de seguro creyendo que iríamos tras ellos. Me gusta la mujer del transportista y parece que yo no soy de su agrado. Qué puedo hacer, aunque me decepciona no ser tan democrático como pensaba. Huimos de manera cobarde hacia la habitación de las orgías, un buen lugar para esconderse. Siguiendo nuestro atrofiado instinto swinger, llegamos por fin a lo que parece ser un intercambio de parejas con todas las de la ley. Hay espejos frente a una cama más pequeña que la de afuera, y allí se desparraman varios cuerpos jadeantes. En este punto sería muy complicado tratar de saber de quién es qué. Una mano por aquí, una pierna por allá y una serie de espadas flamígeras templadas al calor del deseo. El eufemismo pareja ya no tiene ningún sentido. No hay forma de individualizar, son una gran entidad: podría tratarse de Lengualarga, esa diablesa hindú con vaginas en todas sus extremidades, que está haciendo el amor con el nieto del dios Indra, aquel ser que tiene igual cantidad de penes. Los gemidos nos dicen que hemos llegado tarde, pero igual intentamos participar. Dos parejas muy hermosas parecen divertirse de lo lindo muy cerca de nosotros. Cuarta vacilación de la noche: quizás es una orgía privada y no estamos invitados. Una mujer que podríamos llamar la Yegua –poseedora de una gran energía sexual según el Kamasutra– está masturbando a un tipo mientras otro la penetra. Ambos se detienen, tienen fuerzas para levantarse de la cama y ponerla contra la pared. La acometida es vibrante, hay un componente bestial en todo esto. La Yegua grita. Nosotros somos mudos observadores de las maravillas de la naturaleza, pero sobre todo de las maravillas de la cultura. La escena me recuerda otro mito del mundillo liberal swinger: el de la igualdad de oportunidades. Aquí, como en el mundo real, sólo tienen éxito los que son hermosos y sensuales, los que van al gimnasio y se operan. Los que no, tienen que resignarse al onanismo. La competencia puede ser descarnadamente desleal. ¿Mira quiénes vienen por allá? -me dice mi esposa- Y vemos que están entrando el transportista y su guapa mujer y rápidamente ocupan su lugar al lado de nosotros. El sin recato alguno, ya entrado en copas, empieza a lamer la humedad vaginal de su pareja. En el clímax, ella lo monta para cabalgarlo suavemente. En el trance, el transportista alarga sus manos para tocar los pechos de mi esposa. Yo reaccioné buscando con mi boca la ardiente humedad del clítoris de mi mujer. La atractiva señora del transportista hace uso de su derecho y lleva mis manos a sus rosadas tetas y rápidamente se desprende de su marido y se trepa en mí dándome la espalda mientras yo buscaba afanosamente penetrarla por el ano. Mi esposa decide entonces acercar sus desnudos pechos al enrojecido pene del transportista para atrapar con sus ardientes caricias el encendido miembro que estaba a punto eyacular. Mi esposa se detiene un momento y se recuesta en la alfombra para abrir sus temblorosas piernas sudorosas de placer y extiende sus manos para dirigir el falo llameante del transportista a las humedad asfixiante de su sexo para gozar las embestidas que la hicieron gemir de placer en múltiples orgasmos, en tanto yo eyaculaba en las entrañas de una mujer desconocida, al compás de las palpitaciones de mi pene con una emoción indescriptible. Luego nos separamos de ellos sin despedirnos. Han pasado ya varios días desde que perdí mi virginidad swinger. Rebobino mi propia película y vuelvo a viajar por un instante a ese mundo de intercambios sexuales. Veo a los desposeídos del placer siendo objeto de las multinacionales y sus tentáculos, pretendidos alquimistas del sexo que convierten lo banal en oro, que ofrecen paraísos artificiales, falsas fuentes de la eterna juventud y otros paliativos contra la infelicidad. Veo matrimonios al borde de la debacle, mujeres frígidas, adultos mayores, fármaco-dependientes, cocainómanos en última fase, buenos católicos, despojados del Viagra, eyaculadores precoces, micropenes, impotentes, clase trabajadora en general, presidentes del mundo libre, dictadores, swingers con los días contados viviendo la extinción del deseo como un infernal viaje hacia la desesperación. Ésta es una noche fría de martes, y mi esposa duerme en un hotel con el televisor encendido mientras yo escribo sin parar. Me regalo el privilegio de ver el mundo de los swingers y sus manjares desde la distancia, no desde una distancia orgullosa, pero sí a salvo, con la tranquilidad de quien se sabe todavía joven y amado, aunque sea con fecha de caducidad. No sé si era Aldous Huxley quien decía que es un problema descubrir un placer realmente nuevo, porque siempre se quiere más: cuando uno se lo permite en exceso se convierte en lo contrario. Cada placer aloja la misma dosis de dolor. Sé que fui liberal alguna vez, hasta que volví del planeta de los swingers. He traicionado el voto de confidencialidad de la mafia. La última regla para un swinger es no hablar y menos escribir de lo que ocurre entre liberales. Nunca lo he sido. Solo en esta fantasía literaria asumí el rol del swinger con el consabido propósito de calentar el breve espacio de amor y de pasión que dejó la ausencia de mi esposa la noche de anoche. |