GOCE PROFUNDO

Artículo de Interés: Las fantasías de la pareja

En mi experiencia como profesional de la psicología, un día me enfrenté a una demanda muy fuerte y urgente. Estaba organizando unos grupos de autoyuda para enfrentar los problemas de la soledad y debía atender el teléfono para anunciar las horas de encuentro, cuando recibo un llamado de un hombre que me consulta sin más trámite y por teléfono con mucha ansiedad. Me dijo que él tenía una poderosa fantasía de ver a su mujer haciendo el amor con otro hombre. Y en este punto detecté que gozaba al contarlo. A lo que enseguida solicitó lo orientara acerca de esta fantasía. De la corta entrevista que le hice por teléfono, pude darme cuenta que la fantasía se le presentaba con mucha fuerza, se imponía sola, le producía consecuencias en lo corporal. De ello deduje que la impulsividad de la fantasía era sin más un síntoma de su neurosis, y que este hombre podía cometer algun error al exigir a su mujer su cumplimiento. Le indiqué que era una fantasía, que a veces la realidad no era tal como uno la imaginaba, y además habría que ver cuál era el deseo legítimo de su mujer frente a esta fantasía que le ocurría sólo a él. Enseguida me dijo que su mujer lo haría con tal de satisfacerlo a él.

Le indiqué la necesidad de tener una entrevista personal para profundizar un poco el tema, y así guiar a puerto seguro su deseo aparentemente indomable. Consintió, pusimos día y hora para una entrevista preliminar sin honorarios, y a efectos de evaluar el procedimiento futuro con este paciente. Una vez decidida la entrevista, y cuando parecía que ya terminábamos, agregó: Llevo a mi mujer?

Ese fue el sello inevitable del síntoma. Un síntoma que lo superaba por todas partes y que amenazaba con hacer agua su relación de pareja. Estaba inconscientemente armando la fantasía y la pondría en acto frente al psicólogo: llevaría a su mujer ante otro hombre. El no venía a consultar por él sino a mostrarla a ella. En ese momento me equivoqué, por la prisa lógica con que se hacía la consulta -no acostumbro evacuar consultas por teléfono- le dije que no, que viniera solo. Eso fue suficiente para que no se viera cumplida su fantasía, y a pesar del saludo cordial y lo hablado minutos antes, ese hombre no vino ni llamó más.

Quiero abordar el tema de las fantasías en la pareja, para diferenciar lo real de lo imaginario y advertir un poco acerca de los riesgos de apelar indiscriminadamente a la fantasía.

Hay fantasías que se producen voluntariamente y a las que se puede apelar en momentos de excitación. Suelen ser agradables, no generan gran ansiedad y con las que la persona se siente muy a gusto. Por ejemplo: el recuerdo de un acto sexual del pasado y que resulta muy agradable su evocación. Una insinuación, un beso dado o recibido, caricias, juegos de palabras por teléfono o por MSN con alguien, etc.
Otro tipo de fantasías son un tema que no ha sucedido, pero que sería muy agradable que sucediera. Seducir a alguien, imaginar su cuerpo desnudo, etc.

Un tercer grupo de fantasías: Algo que no ha ocurrido y que nunca o casi nunca se llevará a cabo. Una experiencia sexual violenta, intercambio de parejas, infidelidad, etc.

En este tercer grupo es donde empiezan los problemas. Generalmente la propuesta surge de uno de los miembros de la pareja, que vive la fantasía con mucho deseo, y el otro miembro no la siente igual, pero consiente para su realización, porque piensa que cediendo hará que el otro no lo abandone. Ahí demuestra su personalidad débil, sujeta a las vacilaciones de la fantasía ajena. Así por ejemplo, una mujer en una pareja, propone una relación con otra chica frente a su marido o frente a ambos maridos. La experiencia transcurre en un dormitorio, y la persona que tenía la fantasía, descubre que la chica que está con ella en realidad acudió ahí por exigencia de su marido que tenía esa fantasía, por lo tanto no está fuertemente comprometida en la acción, y la experiencia queda como algo frustrante. Donde se suponía que debía soplar un huracán, corrió una brisa...

Otro ejemplo: una mujer consiente con acostarse con otro hombre para que se cumpla la fantasía de su marido. La experiencia no resulta placentera en lo más mínimo para la mujer, porque su partenaire no es de su gusto sino del gusto de su marido, y queda frustrada la fantasía porque a ella no le despierta nada. Ella solo es un muñeco en la cama para el goce de su marido, que a su vez se frustra porque ella está como muerta en vez de participar activamente en el acto. O el que fue invitado termina amedrentado bajo la mirada del otro hombre y pierde la erección. O todo al mismo tiempo.

Otro caso: situación semejante a la anterior. La mujer comienza a gozar descomunalmente con su partenaire, se percata que su marido no es tan buen amante, su marido se frustra porque no reconoce a su mujer en esa otra que explota de sensualismo y placer con un desconocido. En este caso, el final de este proyecto de fantasía puede conducir a la mujer a la infidelidad, o a la separación de la pareja. Donde debió soplar una brisa se desató una tormenta...

Otro caso es el de una pareja que acuerda una fantasía de intercambios y sexo con otras parejas o individuos, y lo lleva a cabo reiteradamente. Al cabo de un tiempo, ya no hay lugar para el asombro, el estar con otro se vuelve normal y maquinal, consecuentemente, el erotismo se baja de la fantasía y esta pierde todo su efecto. El intercambio es ahora una rutina más.

Compartir las fantasías sexuales con la pareja puede resultar muy gratificante y enriquecedor. Pero no es fácil. Coexisten la vergüenza y el miedo ante la posibilidad de escandalizar a su pareja con la propuesta que se hará. De todas maneras, cada persona es quien debe decidir, en función de sus circunstancias, si comparte o no sus fantasías y hasta qué punto. Cada persona debe decidir cuales son los límites a la puesta en práctica de la fantasía y el tiempo en que se hará efectiva realmente.

Fantasear con una determinada situación no conlleva necesariamente el deseo de llevarla a cabo. Fantasear es sólo fantasear, y nada más. La realidad se presenta como otra cosa. La fantasía, al volverse real pierde casi todos su poder y atractivo.

Por otra parte, llevar al acto una fantasía, significa exponerse a correr el riesgo de perder el control de la fantasía y la realidad se dispare para otros lugares no deseados.

Colaboración de un licenciado en Psicologia de Buenos Aires.