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Me llamo Bianca, soy una joven de 20 años recién cumplidos, de piel blanca y delicada, esbelta, cabellos oscuros y muy atractiva. Mi historia comienza cuando mi madre se separa a los 40 años y se junta con un hombre de 45. Por entonces yo tenía 15 o 16 y no había tenido contacto alguno con un hombre, ni entendía demasiado del tema porque mi madre difícilmente hablaba de esas cosas conmigo.

Con el transcurso de los meses, su pareja, que se llamaba Carlos, me prodigaba regalos y atenciones. Yo le estaba muy agradecida y comencé a tener confianza en él. Stella, mi madre, estaba encantada con la relación que se había creado entre los tres. Posteriormente, me di cuenta de que él no me quitaba la vista de encima, lo sorprendía reiteradamente mirándome las piernas, que al parecer le gustaban mucho ya que por entonces yo no usaba medias, lo cual descubrí después que las vuelve más atractivas a la vista de los hombres maduros. Y que a éstos además, les encantan las jovencitas.

Por las tardes él comenzó a llegar más temprano del trabajo. Una o dos horas antes que mi madre. Y descubrí que lo hacía porque yo me bañaba no bien venía del colegio. Fui comprendiendo gradualmente que su interés estaba centrado en espiarme mientras me duchaba. ¿Cómo lo descubrí? Primero porque al salir del baño en reiteradas veces me lo encontré en el pasillo, muy próximo y con su cara teñida de vivos colores. Alguna vez noté su respiración muy agitada. Y en una oportunidad me pareció sentir el ruido de la manija de la puerta, como si alguien intentara abrirla mientras yo estaba en su interior, pero esa vez estaba cerrada por dentro.

El suceso que marcaría un cambio en mi relación con los hombres, sucedió una tarde en que estaba sola en casa. Él no había llegado y yo salí del baño envuelta en un toallón para ir a cambiarme a mi dormitorio. Estaba sentada en la cama, desnuda y secándome, cuando percibí que me estaban observando. Y allí estaba, afuera de mi habitación, duro como una estatua y con la boca abierta. Me tapé y le pregunté qué quería.

-Quiero ayudarte a secarte el cabello -dijo. No me pareció exagerada su solicitud y consentí que lo hiciera. Fue a buscar una toalla pequeña, se me paró delante y me frotó el pelo con ella. Yo estaba envuelta aún en el toallón y no notaba que con el movimiento de sus manos mis tetas se agitaban, el toallón cedía y las dejaba a la vista. Allí ocurrió algo inesperado para mí.

Comenzó a secarme los senos lentamente y eso me produjo un placer terrible, no pude resistirme. Me las acariciaba y estiraba mis pezones suavemente. Y cuando quise darme cuenta ya estaba acostada sobre la cama, y él con su boca besaba apasionadamente mis labios vaginales. Habrá estado así como media hora, yo no podía contener los sonidos que me salían desde mi garganta. ¡Qué placer intenso! Pero todo quedó allí y no más, porque sentimos abrirse la puerta de abajo. Había llegado mi madre.

Él salió enseguida, pero ella se le adelantó y llegó hasta mi habitación donde me sorprendió envuelta en la toalla y con las mejillas coloradas. Sorpresivamente lo condujo a su dormitorio y entablaron una discusión. Yo pensé que él debía haberse mojado cuando me secaba, porque mi madre le reprochaba que estaba todo mojado. Un par de años después entendí a qué se refería con estar mojado. Allí culminó esa relación, y nunca más volvía a verlo. Mi madre lo echó de casa.

Como cuatro años después contrajo matrimonio con otro hombre de igual edad. Yo ya tenía diecinueve años, un buen tamaño y formas llamativas. En el fondo, no pensaba más que en repetir aquella experiencia adolescente con un hombre mayor. Y la presencia de éste hombre, esposo de mi madre y padrastro mío, comenzó a producirme inquietud.

Por esa época yo ya usaba minifaldas mucho más cortas y cuando me cruzaba de piernas frente a él, yo veía que se inquietaba y no podía dejar de arrojar miradas furtivas entre mis piernas, como tratando de ver mi sexo. Con el transcurso de los días, las semanas y los meses, obtuve señales de que pronto llegaría a acosarme. Primero fueron una bragas que desaparecieron de mis cajones durante unos días, y luego reaparecieron, pero manchadas de un substancia blancuzca y pegajosa. Las había usado para masturbarse. La atracción que él sentía por mí me despertaba cierta satisfacción y yo le fui permitiendo cierta confianza en el trato y en las palabras. Me arrojaba frases insinuantes cada vez que lo cruzaba en los pasillos, frases tales como “que bonito caramelo para llevárselo a la boca”, y alguna otra de tenor semejante. En alguna oportunidad, y estando mi madre cerca, llegó a rozarme levemente y aquello me excitó de tal modo que fui al baño a masturbarme.

Durante las noches, y a través de las paredes sentía los gemidos de mi madre posiblemente amortiguados con una almohada. Y más de una vez esa situación produjo en mí una cálida humedad en mi vagina y deseos intensos de sentir una lengua en mi clítoris. La lengua de mi padrastro. Aquella situación fue subiendo de tono, y contaba con cierta complicidad de mi parte. Yo había dejado de usar ropa interior y me cruzaba de piernas frente a él con absoluta naturalidad, y eso lo excitaba hasta el extremo de ponerse rojo, de mirarme con un fuego intenso en su mirada. Yo hacía como que no me daba cuenta de su estado, hasta que una vez me tomó de una muñeca fuertemente y me pidió que bajara al sótano con él, que me haría toda, que me convertiría en su hembra. Por supuesto que aquello me asustó bastante por el tono en que me lo dijo. Y lo amenacé con que se lo diría mi madre.

-Un día de estos voy a convertirte en mujer… -dijo. Y yo me alejé. Durante unos días me mantuve a cierta distancia, evitándolo por todos los medios. Y ni qué hablar de quedarme a solas con él. Cada vez que mi madre salía, yo iba con ella. No obstante su acoso fue creciendo de intensidad pero utilizando otros medios para ello. Una noche me lo crucé en el pasillo rumbo al dormitorio y me susurró esas palabras:

-Debajo de tu almohada te he dejado un bonito regalo. -Fui hasta allí para constatar que una tanga rosa de seda estaba completamente empapada con su semen reciente, y junto a ella un billete de cien dólares. En ese momento evalué que si por dejarlo masturbarse con mis prendas iba a recibir gratificaciones semejantes, podía callármelo. Siguió adelante en su afán por poseerme. Esa vez me sorprendió sola en el comedor mientras mi madre se bañaba en el piso de arriba. Yo estaba sentada mirando televisión. Sacó su miembro enorme delante mío y comenzó a masturbarse aceleradamente, cuando quise levantarme pasó una mano entre mis tetas con otro billete de cien. Me quedé quieta y sentada, porque no hizo ningún intento por tocarme.

-Sólo quiero que mires cómo me pones y cuánto líquido tengo para ti… – Se embadurnó la mano y unas gotas fueron a estrellarse contra mi cara y mi remera. Me levanté y fui arriba a cambiarme la ropa. Mientras me iba escuché que decía gracias. Toda la situación era confusa para mí, por un lado me excitaba y por el otro lo rechazaba.

Pero una noche sucedió lo inesperado. Recuerdo que serían las doce y se apareció en mi habitación completamente desnudo. Grité y se rió.

-Tu madre está profundamente dormida. Me encargué de administrarle un par de valiums.

Me levanté para salir corriendo de la habitación, se interpuso y me arrojó con violencia sobre la cama, arrancándome la tanga me separó los muslos y empezó a besarme allí, a morder mis labios vaginales, mientras yo gritaba nooo, hasta que su lengua en mi clítoris hizo estragos. Luego se subió encima y me metió su gruesa lengua dentro de mi boca. Apretaba mis senos tomándolos con ambas manos y agitándolos con fuerza.

Se subió más arriba y sentándose encima me mostró su grueso miembro y lo frotó contra mis labios. No opuse demasiada resistencia porque nadie podría ayudarme, saqué mi lengua y se la pasé repetidamente, y luego lo introdujo en mi boca. A esa altura lo estaba degustando. Por último abrió mis piernas y me penetró haciéndome pegar un grito, y luego otro, y otro más fuerte. Recuerdo que empecé a agitarme, a sacudirme, mientras su enorme pene abría mis paredes internas.

Al cabo de unos minutos no sólo no me resistía sino que nos movíamos al unísono, al mismo ritmo, sintiendo sus jadeos incontenibles, su frenético respirar, hasta que la sacó de golpe para arrojar todo su semen sobre mí, y yo abría la boca para recibirlo y me frotaba el clítoris para alcanzar un orgasmo voluptuoso.

Cuando terminamos se despidió diciendo que semana a semana me daría más clases y me convertiría en su puta favorita. Al día siguiente me marché de casa. No quería que aquello se convirtiera en una monótona rutina, en un matrimonio dentro de otro matrimonio.

Desde entonces me dedico a provocar hombres mayores para que me lo hagan por la fuerza. Porque de esa manera todo tiene otro sabor para mí. 

FOLLANDO CON SU PADRASTRO

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23 Mayo, 2016

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