Video Categories

Photo Categories

Los hechos que a continuación voy a narrar son reales.
Acontecieron cuando yo debía tener dieciocho o diecinueve años. Apenas me queda el recuerdo de un mes de diciembre de intenso calor. Hoy he decidido contar esta historia por parecerme tan excitante que no quiero que sea olvidada. Para que al menos perdure en la memoria de los otros. En aquel entonces yo era un joven normal en todos los sentidos.
El sexo no me preocupaba más de lo que les preocupaba a los otros hombres.

Sin embargo, con los años comprendí que mi experiencia era mayor que la del resto de mis congéneres. Cuando en una reunión de amigos o conocidos, -donde naturalmente hablamos de sexo-, a menudo dejo deslizar tímidamente que he tenido la fabulosa experiencia de estar con dos mujeres en la cama al mismo tiempo, las miradas desoladas de los otros se posan en mí y arrojan una frase resignada: yo nunca tuve semejante placer.
Siempre agrego, para que no crean que soy soberbio y arrogante, que apenas duré quince minutos. La excitación fue tan grande que mi orgasmo arreció incontenible. Pero lo que estoy por narrar ahora sucedió imprevistamente. Sin habérmelo propuesto ni siquiera imaginado.

Como decía al principio, era el mes de diciembre y el calor ceñía bastante haciendo sudar mi cuerpo juvenil, y aumentando mi temperatura hormonal.
Salía del baño desnudo después de pegarme una ducha, y al pasar frente a la ventana del pasillo me pareció percibir una figura en el departamento de enfrente. A cuatro metros de distancia, separada por el vacío. Regresé sobre mis pasos, aún mojado y apenas envuelto por un toallón, cuando detecté a una joven que no había reparado en mí, semioculto entre las cortinas.

La muchacha estaba desnuda, y yo la podía ver sólo de la cintura hacia arriba porque la ventana no llegaba al piso. Se estaba observando en un espejo con placer. Apoyaba sus manos en las tetas y luego giraba para mirarse la cola. Recuerdo que repitió varias veces los mismos movimientos ensayando alguna clase de escena provocativa que seguramente haría después frente a un hombre.

Debía tener quince años, si los tenía.
Masajeaba su pubis como una mujercita. Sus pechitos erectos exhibían unos bultitos oscuros y amarronados. Eran sus pezones, que comenzó a rozar con las palmas de sus pequeñas manos, suavemente y en forma circular.
Se la veía muy excitada, pues no sacaba su mirada del espejo. Yo no pude evitar la erección mirando como se hacía deditos entre las piernas. Y a esa altura, las gotas de agua se habían secado sobre mi piel. Repentinamente se estiró para tomar una camisa blanca con la que empezó a vestirse.

Aventuré dos razones, habría llegado la dueña de la casa, o decidió salir por ayuda. No perdiendo un minuto de mi tiempo corrí a vestirme. Me calcé un pantalón, una remera y mis zapatos, rompiendo un record mundial. Al salir al pasillo, ella ya estaba allí. Sus mejillas ardían y su mirada fulguraba de deseos.

Al llegar el ascensor, que ella había llamado, subimos muy próximos el uno al otro, casi pegados. Cuando arrancó vi que miraba el indisimulable monte crecido bajo mi pantalón. Siempre tuve ese problema, aunque la sienta dormida, su forma se insinúa contra la tela del jean. Esa vez, más que una insinuación resultaba una exhibición. Al percibir que sus ojos no se despegaban de allí, abrí la puerta del ascensor dejándolo entre dos pisos. Ella retrocedió hasta un rincón y clavó sus ojos en los míos con una mirada que consentía todo.
Un brillo intenso de deseo se adivinaba en sus pupilas cuando agregó:

-Me gustaría verla…

Metió su mano adentro de la pollera. La movió hacia arriba y hacia abajo varias veces entrecerrando sus ojos, y emitiendo un suave y provocativo ronroneo. Sus labios entreabiertos eran como una fruta jugosa que deseé morder.
En ese instante se sacó la pollera y la dejó caer. Casi al mismo tiempo yo abría mi pantalón y mi miembro salía eyectado como un misil.
Era menuda y liviana, casi una niña.
La tomé por detrás de los muslos y la alcé sin esfuerzo. Al alcanzar la altura justa penetré una estrecha concha empapada de tibios jugos.

Ella se colgó de mi cuello con ambos brazos y comenzó un furioso entrar y salir de mi pene, que se combinó armónicamente con sus saltitos y caídas. No pude evitar que clavara sus dientes en mi hombro cuando se le produjo el orgasmo. Así ahogó un grito que hubiera producido un escándalo formidable.
La solté e instintivamente se arrodilló y tomó mi miembro con su mano.

-Voy a darte una clase de lengua -dijo, y metió mi miembro en su pequeña boca.

No recuerdo haber llegado a un minuto. El río tibio de semen tampoco dejó huellas. Se diluyó en su interior. Justo a tiempo, porque el sonido de unos pasos rápidos sonó en las escaleras. Guardamos nuestros instrumentos debidamente, cerré la puerta y regresamos al piso. Cada uno a su departamento por precaución, no fuera que alguno nos identificara, y el vecindario se enterara de que habíamos hecho el amor en el ascensor.

Nunca volví a verla.
A la siguiente semana había otra chica allí. Supuse que aquella primera muchacha sería una sirvienta que no trabajaría más en ese lugar, o que sus originales habitantes se habrían mudado.

Pero me dejó sus secuelas. El mordisco en el hombro tardó dos semanas en desaparecer.
Desde entonces los ascensores ejercieron una suerte de fascinación sobre mí. Aún ahora trato de convencer a mi esposa de hacer el amor con el ascensor trabado entre dos pisos. Se tiene la voluptuosa sensación de estar haciéndolo en el aire, a veinte o veinticinco metros del suelo. La cabina acompaña el traqueteo de los cuerpos, produciendo un sonido muy excitante.

No sé si algún día convenceré a otra mujer para repetir aquella experiencia. Aunque creo que las mejores cosas no se planifican, salen solas, por su propia cuenta. Como aquella vez.

LA AVENTURA DEL ASCENSOR

221 Views

23 Mayo, 2016

Fotos Relacionadas

    Adult Wordpress Themes