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Ésta es una experiencia que tuve en mi oficio de taxista. Lo que sí dejo prueba de que fue una experiencia inolvidable, que hubiera gustado de repetir cien veces, y que prueba que para gozar de un sexo excelente, no es necesario conocer demasiado a una persona, que una total desconocida puede ser la experiencia más excitante del mundo. Por aquel tiempo yo trabajaba los domingos, porque me era más redituable salir con el coche 8 horas y hacer una recaudación más fructífera que los días de semana en donde debía trabajabar 12 horas seguidas.

Yo dividía el domingo así: De 11 a 14, y de 17 a 23. Trabajaba cómodo, había menos tráfico,y además era día de ligue. Porqué? Porque era el día de salida de las muchachas que trabajaban con cama adentro. Y en Buenos Aires, ese oficio lo ejecutan mayoritariamente extranjeras sudamericanas muy jóvenes.
Ese domingo, alrededor de las 20:30 levanto dos mujeres en un shopping y llevo a la primera, que era la de más edad, al departamento donde trabajaba. Hasta ahí todo bien, yo no había prestado demasiada atención al tema, excepto que la otra era joven y de buena figura.
Tras dejar a la más grande en su trabajo, la joven, con acento extranjero me indicó la dirección. Luego se sentó en el borde del asiento trasero, apoyó su brazo izquierdo sobre mi butaca, y su mano, oh que hermosa mano, quedó flameando casi junto a mi cara. Yo, no sabiendo bien si lo hacía de casualidad o estaba ella de levante, dejé que transcurrieran algunos minutos esperando otra señal para actuar. Cada vez que me detenía en un saméforo, de los autos vecinos los hombres echaban miradas hacia la joven y hacia mí, percatados de que se estaba gestando una relación muy próxima. Por lo menos, así sentada, ella estaba muy cerca mío. Juro que ya la tenía dura.

Comenzamos una conversación como quien no quiere la cosa, ella me preguntó hasta qué hora trabajaba, si era casado, le dije que hasta tarde -por las dudas- y que era separado, cosa que era mentira. Ella dijo que era de Ecuador, que trabajaba en la casa de un matrimonio con dos hijos, que tenía un novio en Ecuador pero que no lo veía desde hacía dos años. Que trabajaba en Buenos Aires para juntar dinero y comprarse una casa en su pueblo, en Ecuador.

Menuda sorpresa pensé, con dos años de alejamiento, esta niña seguro que quiere sacarse toda la calentura junta.

Llegamos al lugar donde ella iba, era una casa muy bonita que además estaba en refacción. Yo estacioné enfrente y en diagonal, cosa de intercambiar unas palabras con ella sin que nos vieran sus patrones. Eran las 20:30. Ella pagó su viaje, pero se bajó y vino del lado de la ventanilla. Mientras le daba el cambio, la miré de arriba abajo. Llevaba unos jeans muy ajustados y un saco de lana que le marcaba la silueta. Alta, de curvas, cabello negro y lacio. Nos despedimos y cuando se da vuelta le dije, disculpa, no querés ir a dar una vuelta y charlar un rato?

Ella me dijo que sí, pero debía estar de regreso a las 21:30. Le dije que yo la traía y se sentó del lado del acompañante.Busqué un parque cercano que conocía, y estacioné en una zona donde no pasaba nadie. Comenzamos a charlar y la muchacha confesó, no sin culpas, que estaba muy sola y necesitaba cariño. Comencé a acariciarle la cabeza y al cabo de unos minutos la besé. Ella contestó a mi beso con otros más largos y dulces, y mis manos le acariciaron el busto, sus fuertes y jóvenes pechos. Tenía 23 años. Se llamaba… Isabel… si mal no recuerdo.

Al cabo de un rato partimos buscando una calle más oscura, porque la niña se dejaba acariciar hasta la cola cuando nos abrazábamos. Encontramos una calle oscura, casi en una esquina estacionamos y empezó a llover. Más adelante, como a cinuenta metros había solamente una familia de regreso a su casa bajando unas cosas.

Recuerdo que empezamos a matarnos con caricias y besos, me manoteó entre las piernas buscando mi miembro endurecido que respondió a ella. Le abrí la blusa botón por botón y se la saqué, quedó con el torso desnudo en el auto y aproveché para sacarle el sostén, la brasserie como dicen otros. Besé sus tetas redondas y firmes, de duros pezones haciendo que su temperatura subiera y subiera. Hasta que con mis manos le desaté el cinturón y comencé a bajarle el pantalón hasta los tobillos, cosa que ella terminó de sacarse por completo.Tenía una tanga violeta muy estrecha.

Mi mano izquierda hurgaba su jugosa concha, cubierta de una suave mata de vellos, manosié su clítoris y comenzó a moverse y agitarse lentamente bajo mi mano y sintiendo la succión de sus pezones. Muy suavemente me pidió que no la mordiera.

Para mi sorpresa, que pensaba subirme ahí mismo, ella tomó las riendas de la relación. Buscó mi pene, lo sacó y comenzó a mamarlo con unas ansias que jamás había sentido. Se lo tragó hasta la garganta, lo hundió una y mil veces saciando su sed y saboreando los jugos del hombre. Luego se subió arriba mío, de frente, abierta bien de piernas, y se montó mi miembro bien adentro.
Subía y bajaba impecablemente. Era una diosa salvaje a la que recibía gustoso tomándola de las nalgas, acariciando su firme y joven culo.Miré el reloj y eran las 21, la bajé, la senté al lado y le dije que se vista. La iba a llevar a un hotel. Ella me respondió que no que era poco tiempo, que ella quería disfrutarme más. Yo le decía que lo haríamos muy seguido que no se preocupara. Y partí. Entramos al hotel 21:05. Creo que nos desnudamos en tiempo record. Y allí la monté en cuatro patas como se monta a una perra que aullaba como loca, y la tuve así como quince minutos, enterrándosela hasta el fondo de su ardiente concha.

Nunca me cogí una mujer con tanto gusto. En un par de minutos debí decidir si la dejaba preñada o acababa afuera sobre su cuerpo. Fue tan grande la excitación de los dos, que ni ella ni yo reparamos en eso. La llené de semen y acabó al mismo tiempo que yo, pegando unos hermosos gritos de placer.

A las 21:25 estábamos saliendo. Me dijo que mi leche corría por sus piernas, bajo el pantalón. Y no lo dudaba, me había pegado la mejor cogida de mi vida. Temía que la hubiera preñado. Yo disfrutaba viendo su hermosa juventud apasionada, sus mejillas rojas, su cabellera despeinada, y su cuerpo que aún debía estar gozando. El conserje del hotel nos miró, porque lo habíamos hecho en tiempo record. A ella se le notaba que había tenido una calentura salvaje… con un hombre 22 años mayor que ella.

Quedamos en encontrarnos el sábado siguiente, a una hora, en la esquina de la casa.

Como suele suceder, nos desencontramos. Yo llegué tarde, y ella ya no estaba. Habrá creído que la engañé sólo para hacerle el amor y se habría ido desilusionada. Me paré delante de la casa y toque bocina un buen rato, hasta que vecinos de otras casas salieron a mirar. Luego me fui.
Pasé por allí todas las veces que pude y no volví a encontrarla. Un día, como un mes después junté coraje me bajé y toqué timbre. Me atendió la dueña de la casa. le pregunté por Isabel. Me respondió que su novio de Ecuador la vino a buscar para llevarla de regreso y casarse con ella. No lo culpo, esa muchacha valía la pena.
Yo volví al coche, me senté y comencé a andar lentamente. A la cuadra siguiente me para otra muchacha con acento extranjero. Cruza sus hermosas piernas para que yo se las vea por el espejo delantero. Cree que no me doy cuenta y empieza a llover. Yo le pregunto cuánto tiempo hace que está en Buenos Aires, y me dice dos años. Es una muchacha de grandes pechos y labios gruesos. Me imagino cómo usará sus labios y se me para.

Qué hermosa tarde para estar con alguien, me dice, y yo enfilo el coche hacia el hotel donde un mes antes tuve un inolvidable orgasmo con Isabel.

MUCHACHA CAMA ADENTRO

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23 Mayo, 2016

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