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Voy a contar mi historia. Una hermosa historia de perversión sexual. Lo que yo creía era la fascinación que mi vagina ejercía sobre la mente de un viejo tío mío. Me llamo Luz, tengo diecinueve años y todo comenzó alrededor de mis seis años.

Después de estar varios meses “jugando” conmigo, ese tío, llamésmosle Gervasio, se mostraba más y más cariñoso hacía mi, tanto fue su descaro, que mi madre empezaba a darse cuenta, y yo con mis escasos años no. Por lo tanto no dejaba de jugar con él pese a que mi madre se enfurecía, y que le contó a mi padre que el tío me “estaba metiendo mano”. Mi insistencia en verlo hizo que mi madre me castigara, no recuerdo bien lo que hizo, pero sí sé que me castigó.

Por un tiempo los juegos se interrumpieron, pero a los pocos días el tío reapareció por casa -no vivía lejos-, y subió conmigo las escaleras para detenerse en medio de un rellano, y tras constatar que todo estaba en calma, me metió mano, como dijo mi madre. Sólo que esa vez, tras después de hacerlo sobre mi pollera, se arrodilló en el piso, me bajó las pequeñas bragas y entró a darme unos lenguetazos espectaculares hasta el punto de dejarme completamente calladita.

No recuerdo cuándo fue el día en que empezamos a besarnos. Pero eso fue lo que inició una relación más estrecha, aún. Al principio él me besaba en la boca y luego continuaba con los labios vaginales, luego con mi preciosa colita según decía, y posteriormente con mis senos incipientes, al tiempo que me prometía que cuando tuviera quince me jodería bien. A mí también me gustaban esos juegos que por aquel entonces no comprendía, y que mantenía en secreto para evitar el enojo de mi madre. Mas tarde comprendería que mi tío era un pedofílico empedernido.

Los juegos a escondidas continuaron hasta mis trece años, debido a que mi madre lo sorprendió una tarde saliendo a escondidas de casa y se armó un escándalo majestuoso en la familia. Tras el cual no volví a verlo hasta los quince. El encuentro se produjo por mi propia voluntad, ya lo estaba extrañando, y a esa edad habían empezado mis primeras experiencias tactiles entre mis piernas, mi primer dedito en la colita, y mi primer orgasmo.

Una tarde salí del Liceo y fui hasta su casa, donde vivía solo.

Recuerdo que se alegró intensamente al verme, me dió un bruto abrazo y sentí su calor contra mi vientre. Sucedió lo que pensaba. Me besó en los labios y un fuego ardiente se instaló en mi cuerpo. A los minutos estaba completamente desnuda en su cama, él besándome toda, pasando su lengua por mis aberturas, mordiendo mis muslos y mis nalgas, hasta que abrí mis piernas para recibir su miembro, y él metió su lengua primero, y después todos sus dedos, uno por uno.

Aunque aquello me hizo gozar plenamente, yo ya estaba esperando algo más consistente y substancioso. Pero no hubo caso, no se le paraba. Recuerdo que se sentó en la cama y me confesó, -tras hacerme jurar que no se lo contaría a nadie-, que nunca había podido penetrar a ninguna mujer con su pene. Y esa era la razón de que viviera solo y no se hubiera casado. También la razón de aquellos juegos que había tenido conmigo durante la infancia, que para él habían sido la cosa más maravillosa que había vivido.

Le dije entonces:-¿Tío, acaso eres gay?

-No niña, jamás me atrajo la atención un hombre.- Y tras un rato de silencio se decidió a completar su confesión sobreponiéndose a la verguenza: – En realidad desde mi lejana infancia soy víctima de una perversión que se ha apoderado por completo de mi vida. Tengo pasión por los trapos…

-¿A qué te refieres exactamente?

-A que me excito y me masturbo con la ropa interior de las mujeres, y si están usadas mejor. ¿Entiendes?

-Sí, claro que entiendo. Las hueles, te excitas y bum, acabas echando todo afuera…

-Sí, sí… las acaricio, las huelo, las beso, me froto los genitales con ellas… no sabes que placer…

Le acerqué mi pequeña tanga y comencé a pasársela por las narices, hasta que comprobé que estaba teniendo una erección. Yo no estaba dispuesta a dejar la relación a medio camino, y tras tantos años de preparativos. Cuando noté que la tenía lo suficientemente dura, le abrí el pantalón y le eché una mamada dulcísima que me producía una espesa espuma blanca en la boca. Era mi primera mamada y me resultó placentera. Mientras tanto él olía y besaba mi tanga, y en algún momento vi que hasta estaba chupándola allí donde la tela rozaba los labios de mi vagina.

Sin esperar un minuto, recuerdo que me subí y me la introduje suavemente. ¡Qué sensación! ¡Qué caliente cabalgata que inicié! Hasta que me dijo que saltara, porque se venía el diluvio. Su miembro me bañó hasta los pechos, y aquello duró como un minuto.

-No estuvo mal -le dije y me acosté a su lado bañada en semen.

Sí, me dijo al oído, me ha gustado, así que continuaremos haciéndolo. Lo hicimos durante dos años mas cada vez que podíamos. Con el tiempo yo contraje matrimonio, pero no dejaba de pensar en los momentos vividos junto a él, y extrañaba su placentera perversión.

Tal es así que cada tanto me hago una escapada fugaz a su apartamento. Él entreabre la puerta semidesnudo, yo me saco las bragas allí mismo y se las dejo. Si al regresar a casa mi marido está ausente todavía, llamo a mi tío por teléfono y le pregunto cómo le ha ido.

-De maravillas niña,-me responde- de maravillas. Espero que pronto me traigas otra, pero más usadita, cuanto más usadita mejor.

PASION POR LAS BRAGAS

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23 Mayo, 2016

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