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Todo aconteció rápidamente y sin aviso previo.

Monica es amiga de mi esposa y vecina nuestra. Vive un piso más abajo. Hacía tiempo que yo fantaseaba con rozar su cuerpo, tocarla, morderle sus gruesos labios, y ver abrirse sus grandes ojos marrones cuando se la metiera. Sí, esto último me fascina. Me deleito y excito aún más mirando los ojos de la mujer que estoy penetrando, al mecerme sobre su ardiente cuerpo con lentitud. En esos instantes siento que sus ojos aumentan de tamaño y adquieren una humedad creciente; es el signo inequívoco de que está gozando.

Generalmente le pido a la mujer que me mire cuando llega mi orgasmo, y ella se excita aún más cuando ve mis rasgos transfigurarse por el placer, y todo el calor que produzco en su interior.

Esa mañana salí temprano para buscar cigarrillos, debía volver muy rápido porque aguardaba un llamado.
Al llegar a la puerta de entrada del edifico encontré con Monica que se despedía de su marido con un beso. Luego del intercambio de saludos y buenos augurios, y tras marcharse él, miré a Monica detenidamente.
Estaba vestida con una minifalda corta, exhibía un tajo pronunciado en la parte de atrás, y remataba con medias negras, tacones también negros, y una blusa de seda de color lila. A través de la pollera se notaba que la tanga que usaba se le había metido entre las nalgas y le pronunciaba los formidable glúteos. Me produjo una excitación repentina y activó todas mis fantasías en un sólo segundo.
La traté cordialmente y postergué mi compra de tabaco. Me pidió si podría ayudarla dado que se habían quedado sin luz desde la noche.

Le propuse ir al sótano a revisar el tablero y me acompañó. Se mantuvo demasiado cerca durante los cinco minutos que tardé en repararle el cartucho quemado. Le advertí que la rosca donde se asentaba, estaba rota, y era la causa del sobrecalentamiento que había producido el corte. En ese momento se acercó al tablero para constatar lo que le decía, yo quedé un paso atrás y miré con excitación su poderoso montículo trasero, tuve enormes ganas de tocárselo, pero me abstuve, no sabía qué podría suceder después.

Decidimos ver si la luz había llegado hasta su departamento. La dejé subir delante mío por la escalera del sótano, y a través de su pronunciado tajo espié sus bellos cachetes y la tanga blanca que se hundía en su inmensidad.

Mi excitación aumentaba rudamente y sentí que se avecinaba una fuerte tormenta adentro mío.

Al llegar al departamento fuimos derecho a su tablero para activar la luz. Estábamos en la cocina, y la puerta debía cerrarse para acceder al dispositivo. Levantó la palanca y yo dirigí mis manos a sus dos hermosos glúteos alzados que se me ofrecían.

– Podrías mostrarme ese hermoso secreto que siempre he soñado -le dije.

-¡Respétame, soy una mujer casada! Si continúas le cuento a tu esposa…
Primero me asusté, luego me excité aún más y le apretaba la cola con firmeza. Sonó su celular y atendió. Era su marido que quería saber si yo había podido ayudarla con la luz.

-Sí, sí… está aquí, consiguió darme la luz y ahora se marcha…

La miré descaradamente, le hice un guiño y le mostré la lengua. Ella se puso colorada, me miró sorprendida y siguió escuchando a su marido mientras echó una mirada ligera sobre mi indisimulable bulto. Yo aventuraba que mi embestida no le había desagradado.

-Bueno, bueno… después nos vemos.
Cortó y me dijo:
-Mi marido te agradece que me ayudaras… más vale que no sepa cómo pretendes cobrarte el favor…ahora véte…

Empecé a sacarme la camisa, botón por botón, mirándola a los ojos convincentemente y con mucha seguridad de lo que hacía.

-Me parece que no me respetas…

Sólo le sonreí y apoyé mi camisa sobre el brazo de un sillón. Se quedó mirándola con la boca abierta y no levantó la vista de allí porque me estaba desprendiendo el cinturón. Luego se tomó la cara con las dos manos y caminó unos pasos en círculo como tratando de encontrar la manera de salir de esa situación, o decidirse definitivamente a hacer lo que le proponía.

Sólo me quedaba el slip cuando me acerqué y la tomé por las muñecas. Me miró y recibió mi jugoso beso en sus gruesos labios, como probando qué sabor tendría.

-Debes ser un experto en estos temas, estás logrando seducirme…

Le metí la lengua y se la puse encima de la suya aplastándola, luego jalé de sus brazos para llevarla al dormitorio, y la tiré sobre la cama.

-Acepto, pero sólo esta vez, luego olvídate de mí…
-Yo dudo que te olvides…- le respondí y acometí con mayor decisión

Se dejó estar cuando la besaba, y mi mano entre sus piernas hurgaba en su hermosa vulva. Empezó a sacarse la blusa y la ayudé a bajar el cierre de su falda. A través del encaje blanco de su tanga, unos vellos negros se asomaban provocándome.
Pasó su lengua por mi nariz, mi boca y mis labios. Me subí encima al mismo tiempo que le bajaba la sedosa prenda, y no esperé un segundo para penetrarla. Sus rasgos se petrificaron de golpe.

Comprendí que ahora que tenía mi pene adentro, ella lo estaba gozando al máximo. Al igual que yo disfrutaba siendo infiel, poseída por el esposo de una amiga íntima que abusaba de su confianza.

Empecé a mecerme sobre sus muslos compactos y ella echaba unos gemidos cortos y seguidos, unos detrás de otros. Mis manos se metieron detrás de sus nalgas para tomarlas firmemente y así atraer aún más mi miembro hacia el fondo de su mojada vagina.

Ohhh, ¡por Dios! -gritó y la sacudí fuertemente.

Saborié sus gruesos labios durante unos segundos y sentí la fuerte presión de su mano en mi nuca, y su otra mano arañándome la espalda.

-Acaba conmigo, inúndame toda… ¡Por favor!

Erguí mi pelvis para mirar como mi miembro entraba y salí haciendo estragos.

Acompañó el ritmo de mis embestidas con gemiditos cortos y excitantes. vaciaba su humedad alrededor de mi miembro, duro como un palo.
Yo ya no hablaba. Puse mi boca en su oreja y respiraba allí, eso me calentaba muchísimo más. Lo hacíamos a un ritmo muy fuerte, y no paraba de besarle las tetas. La saqué un instante para mojarme la mano con nuestros jugos y pasárselos por la boca. Ella los chupaba con mucho placer.

La seguí penetrando y meciéndome, sintiendo cada milímetro en su interior, hasta que nuestras miradas se encontraron otra vez, sus grandes ojos marrones y húmedos, que estudiaban mis expresiones de placer, cuando mi pene comenzó a dar pequeños cabeceos en su vagina, y luego fuertes sacudidas, y todo mi semen salía a borbotones.

Cuando terminó, me confesó que había perdido la cuenta de sus orgasmos.

Me despedí de ella, y volví por mis cigarrillos. De regreso en casa mi mujer me reprochó que hubiese tardado veinte minutos. Al día siguiente partí de viaje, regresando una semana más tarde. Al volver me recibió mi esposa, Monica y su marido estaban sentados mirándome sonrientes desde un sillón.

Yo saludé a ambos y luego clavé mis ojos en su prometedora mirada, en esos ojos marrones que súbitamente empezaban a humedecerse y agrandarse con el recuerdo de apenas veinte minutos vividos. Y mi deseo naciente de estar cada semana con Monica.

VEINTE MINUTOS CON MONICA

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23 Mayo, 2016

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